Teodorico de Verona

[Theodericus, Tetricus, Diatricus; antiguo alemán, Theotrih; italiano dialectal, Teatric; antiguo medio alemán, Dietrich; italiano, Diatrico; bajo alemán, Dedrik; danés, Didrik].

Rey de los ostro­godos (454-526), descendiente de la familia de los Amalos; según G. Romano, «Teodo­rico de Verona fue el más ilustrado de los jefes bárbaros establecidos en las pro­vincias del Imperio occidental», al propio tiempo que el personaje de numerosas le­yendas medievales germánicas y románicas. Aunque ignorante, su política se inspiraba en sanos principios («Todo reino debería anhelar la tranquilidad, ya que con ella flo­recen los pueblos y se asegura el bien co­mún», «El derecho es la garantía contra to­das las debilidades y la fuente de la civiliza­ción», «La imposición de los caprichos indi­viduales es propia de la barbarie»), que nos han sido transmitidos por las Varias (v.) de Casiodoro (490-583?).

En el período más feliz de su reinado, Enodio (473-521), obis­po de Pavía, compuso un Panegírico de Teodorico (v.), en el cual, a través de la florida retórica y de la estilización augústea del tipo (en el «Siglo de oro de Teodorico» «las ciudades resurgen de sus ceni­zas y por todas partes rutilan los palacios imperiales») se transparenta la actitud de los italianos ^ filogóticos. Después de su muerte, en años tristísimos, sigue habiendo en Italia quien lo canta como señor de la paz y restaurador de las ciudades (Anóni­mo Valesiano). No hay príncipe ni héroe de estirpe germánica de la época de las grandes invasiones a cuyo alrededor la le­yenda haya florecido tan frondosamente como en torno a Teodorico.

Centro de di­fusión de esas leyendas fueron Italia y los territorios germánicos limítrofes. En cam­bio es rara e incierta la mención del nom­bre de Teodorico en la literatura inglesa y escandinava de la Alta Edad Media. Un hombre docto como el islandés Snorri (1178- 1241) quizás ignoró incluso su nombre. El hecho de que el libro más rico en leyendas relativas a él, la Saga de Teodorico (v.), se compilara en Noruega, y el de que más tarde se compusieran en Dinamarca baladas acerca de sus hazañas, se debe a que en aquel momento Escandinavia acogía am­pliamente los materiales narrativos del con­tinente europeo.

A pesar de su abundante contenido y de su extensa difusión, las le­yendas de Teodorico no tuvieron la for­tuna de hallar quien les diera una forma artísticamente notable. Teodorico pasó diez años, su adolescencia y su juventud, como rehén en la corte del emperador de Bizancio. A base de este dato histórico sur­gió más tarde la leyenda de un destierro de treinta años que aquel rey de la dinas­tía de los Amalos habría pasado en la corte de Atila (v.). El testimonio más an­tiguo de esta leyenda se conserva en el Cantar de Hildebrando (v.), obra alemana primitiva. ¿A qué se debía el destierro de Teodorico? Según la leyenda, a su nece­sidad de huir del «odio de Odoacro» (Can­tar de Hildebrando, 18). Pero Odoacro no era un personaje activo en la tradición le­gendaria, la cual, en cambio, conocía muy bien a otro jefe ostrogodo, de la misma familia de los Amalos, Hermanrico (v.), ávido, feroz y ciego destructor de su pro­pia estirpe. Odoacro, por lo tanto, fue sus­tituido por Hermanrico.

Ninguna otra opo­sición podía complacer tanto a la imagina­ción popular, aficionada a las frases lapi­darias, como la que así se establecía entre «el peor de los hombres» Hermanrico, y «el sabio» Teodorico (Fuga de Teodorico, v.). Su victoria era la victoria del Justo y el castigo del Malo. La conquista de Ita­lia (489-493), con sus episodios culminantes de la batalla de Verona (489) y del cerco de Rávena (con la salida de julio del 491), tomó por lo tanto en la leyenda un aspecto de reconquista del reino contra el Usur­pador (primeramente Odoacro y luego Hermanrico). En esta reconquista, Teodorico, que en su calidad de desterrado carecía de ejército propio, fue ayudado, según aña­de la leyenda (de origen o de espíritu os­trogodo y por lo mismo favorable a los hunos, a la sazón dominantes), por Atila.

Más aún: dos jóvenes hijos del rey huno perecieron en la campaña, con gran dolor de Teodorico (v. La batalla de Rávena). El exilio junto a Atila fue llenado por la leyenda con gloriosas hazañas, en realidad relativas a hechos que se extienden a lo largo de un siglo y medio, desde la época de Atila hasta el asesinato de Odoacro (493). De la estancia de Teodorico en la corte de Atila, el cantar de Los Nibeíungos (v.) nos da una representación que quiere poner de relieve la lealtad, humanidad y majestad del rey. Teodorico intenta impe­dir el fatal encuentro entre hunos y burgundos; ayuda a Crimilda y a Atila a es­capar de palacio; y sólo al final, cuando ya no puede evitarlo, interviene decisiva­mente en la lucha venciendo y haciendo prisioneros a los últimos burgundos super­vivientes: Hagen (v.) y Gunter (v.).

En favor de ellos intercede ante Crimilda (v.), y cuando ésta les ha dado muerte y ella ha perecido a su vez, Teodorico, juntamen­te con Atila, entona un amargo lamento sobre tantos y tan ilustres caídos. Teodo­rico es, pues, el príncipe noble, generoso y humano, al que sólo una fatal concate­nación de acontecimientos obliga a desenvainar, sin ira, la espada siempre victo­riosa. La leyenda de Teodorico se enlaza con la de los Nibeíungos de una manera bastante natural. Pero la afición popular e infantil por las comparaciones entre los héroes más famosos, para hacer mejor re­saltar la excelencia de los favoritos, dio luego pie a numerosos relatos (Saga de Teo­dorico; El jardín de las rosas (v.); Biterolf y Dietleib, v.), en los cuales se en­frentan parejas de héroes famosos, y Teodorico logra vencer nada menos que a Sigfrido (v.).

Pero inversamente, el senti­miento nacional danés impulsó a un autor de baladas a contraponer Ogier el Danés (v.) a Teodorico, considerando a éste co­mo el representante más eminente del or­gullo alemán, y a dar la victoria al pri­mero. La oposición con Sigfrido dio pie también probablemente a que se atribuye­ran a Teodorico maravillosas hazañas con­tra gigantes, enanos, dragones y otros monstruos. Tales empresas, entre míticas y caballerescas, se narran en la Saga de Teo­dorico y en cantares juglarescos alemanes de los siglos XIII y XIV: Virginal (v.); Sigenot (v.); Canto de Ecke (v.); Goldemar (fragmentario); Laurin (v.); La corte de Atila o «Wunderer» [Etzels Hofhaltung oder der Wunderer] (v. también Atila).

Teodo­rico es habitualmente llamado en la tradi­ción Teodorico (o mejor Teoderico) de Verona (en alemán, Dietrich von Bern; Bern = Verona), porque Verona fue, con Pavía y después de Rávena, su residencia prefe­rida. La muerte que mandó dar a Boecio y a Símaco, así como el encarcelamiento y muerte del papa Juan I, arrojaron un baldón de ignominia sobre la memoria de Teodorico. Los italianos le consideraron enemigo de los hombres y de las leyes di­vinas; extraños portentos, según la imagi­nación popular (Anónimo Valesiano), anun­ciaron su antirromanismo y sus desmanes. Para la conciencia popular, por otra parte, éstos no podían quedar impunes. Ya Pro- copio de Cesarea, que vivió desde los úl­timos años del siglo V hasta el 562 ó 563, narra en su Guerra gótica (v. Historias de Procopio) que, una vez que le servían la cabeza de un gran pescado, «le pareció a Teodorico ver en ella la cabeza de Símaco recién ejecutado… Aterrado por tan gran prodigio y presa de terribles estreme­cimientos, se retiró corriendo a su lecho…

Y llorando a grandes voces y tras frecuen­tes desvanecimientos, poco después murió» (I, 12). Algo más tarde, San Gregorio Magno (c. 535-604), en el libro IV de sus Diálogos (v.) refiere que un ermitaño muy virtuoso había anunciado a unos navegan­tes desembarcados en Lípari la muerte de Teodorico, que se había producido el día anterior. El rey godo, «descalzo, sin cinto y con las manos atadas», fue precipitado, según ese relato, al cráter de un volcán próximo, «precisamente por aquellos (el papa Juan y Símaco) a quienes en esta vida había injustamente condenado». (Re­cuérdese que durante la Edad Media el vol­cán de las islas Lípari era considerado como una de las bocas del infierno). Con San Gregorio Magno, por lo tanto, la le­yenda italiana y católica está ya formada, y el relato gregoriano será más tarde re­petido por varios escritores medievales.

La leyenda según la cual Teodorico fue pre­cipitado al infierno fue contaminada ulte­riormente con la creencia, germánica y odínica, en la cacería infernal (apenas exteriormente cristianizada). Tal contamina­ción está atestiguada por los dos bajos re­lieves (1135-1138) del maestro Niccoló en la iglesia de San Zenón de Verona, en los que se representa al príncipe godo que, «cubierta su cabeza con un casco redondo, cabalga en vigoroso corcel. Una clámide abrochada sobre el hombro derecho… es la única vestidura que protege sus miem­bros; a su espalda cuelga una aljaba llena de flechas… La segunda tabla de mármol… representa un ciervo que huye precipitadamente perseguido por dos perros» (Nova­to). En forma literaria, esta contaminación halla el siguiente eco en las Historias im­periales [Historiae imperiales] del diácono veronés Juan de Matociis (siglos XIII- XIV): «Dícese entre el vulgo que [Teodo­rico] fue hijo del diablo, reinó en Verona, construyó las Arenas y más tarde, tras pasar un mes en el infierno, recibió de su padre, el Demonio, un caballo y una trailla de pe­rros.

Y cuando Teodorico poseyó tales do­nes, se alegró tanto que, dejando el baño en que estaba lavándose, sin otra vestidura que un lienzo, montó a caballo e inmedia­tamente desapareció, sin que nadie le viera jamás regresar. Pero todavía hoy se dice que anda cazando por las selvas y siguiendo a las ninfas». En alemania, el final dia­bólico de Teodorico está atestiguado en fuentes de los siglos XII y XIII, y el «há­lito de fuego» que se le atribuye es una clara alusión a su carácter diabólico. Un bello relato del final de Teodorico se en­cuentra en el último capítulo dé la Saga de Teodorico. Juntamente con los bajos re­lieves de San Zenón y con el relato gre­goriano, sirvió de base a Carducci para su vigorosa Leyenda de Teodorico, en la que, tras la leyenda de la cacería infernal, se vislumbra la visión transfigurada de Boecio.

V. Santoli