Personajes de varios diálogos platónicos, que aparece en el Sofista (v.) con rasgos poco definidos, pero que en el diálogo que lleva su nombre (v.) recibe contornos extremadamente precisos y seductores. El diálogo empieza en forma algo extraña: Teetetes regresa de una batalla, donde ha sido gravemente herido, y le vemos en la litera en que acaban de desembarcarle en el Pireo.
Su salvación es imposible, pero el que recibe la noticia se consuela de la inminente pérdida solicitando, al amigo que se la comunica, la lectura de un diálogo entre Sócrates (v.) y Teetetes cuando era joven, diálogo registrado casi taquigráficamente en su día. Sobre la lectura, por lo tanto, se cierne la sombra de la muerte, cuya presencia es casi tan sensible como en el Fedón (v.). Nuestro interés no es, pues, un interés meramente teórico por el problema tratado — el del puro conocimiento —, sino qué se matiza de compasión, tanto más cuanto que a medida que el diálogo avanza, el valor del joven Teetetes se va poniendo más de manifiesto. Teodoro, un matemático a quien el propio Platón conoció personalmente en Cirenaica, es quien presenta a Teetetes, joven discípulo suyo, a Sócrates.
A diferencia de lo que suele ocurrir con los adolescentes que aparecen en los diálogos platónicos, Teetetes no está dotado de excepcional belleza, sino, por el contrario, es más bien feo, y el mismo Sócrates, tan enamorado de todo lo bello, no se abstiene de decírselo, comparando su rostro con el suyo propio. Pero las respuestas y las agudas observaciones de Teetetes revelan una tal finura y una tal precoz sagacidad, que de pronto Sócrates exclama: «¡Qué metamorfosis! Tu alma es tan bella que de pronto mis ojos creen haber visto embellecer tu cara». Teetetes es un auténtico genio en cierne, por lo que comprendemos que su muerte prematura, anunciada como inevitable desde el principio del diálogo, debía llenar de dolor a sus amigos, y aun a todos los griegos, que siempre amaron a los héroes muertos en la flor de la edad.
¿Podemos acaso suponer que el propio Platón, en su juventud, cayera enfermo y vislumbrara la posibilidad de morir joven? En todo caso, grande fue la tentación que tuvo de añadir a la larga lista de sus personajes esa figura que le permitía describir un genio en potencia. Teetetes, a diferencia de los demás interlocutores, que se limitan a contestar a Sócrates «sí» o «no», desempeña en el diálogo un papel activo; incluso en más de una ocasión es él quien lo dirige. Sus observaciones imprimen a la discusión un nuevo impulso o una dirección inesperada.
Y el hombre maduro, en lugar de estimular al joven, debe a veces contenerle. Así Sócrates, no sintiéndose superior, renuncia a su habitual ironía. En su ardua búsqueda, Sócrates y Teetetes avanzan juntos. Al final del diálogo, Sócrates repite, como tantas otras veces, que su madre fue comadrona y que él, hombre prudente, heredó aquel oficio y aquella habilidad y sabe lograr que sus discípulos den a luz la verdad que llevan en sí: método que otras veces es más o menos ficticio, pero que esta vez es plenamente real; el joven genio llevaba indudablemente en sí la verdad y Sócrates sólo tuvo que limitarse a ayudarle, hasta el punto de que nos preguntamos cuál de los dos debe quedar agradecido al otro.
F. Lion

