[Thekla]. Personaje de Wallenstein (v.) de F. Schiller (1759-1805). Hija del duque Wallenstein, que poco antes de rebelarse contra el emperador la hace acompañar, juntamente con su madre, por el joven coronel Max Piccolomini (v.) desde Carintia a Pilsen, donde está acampado su ejército, no tarda en ser amada por aquél, y entre ambos jóvenes se crea un dulcísimo e indisoluble vínculo, ya que en Tecla arde la misma llama ideal que en Max, aunque viva en un mundo de intrigas y de pasiones.
La oposición de Wallenstein, que ve en Tecla la razón misma de sus ambiciones y quiere nada menos que casarla con un rey, nada importa a los dos amantes, los cuales no se prestan tampoco a las maniobras de la condesa Terzky, que quisiera valerse del amor de Max para encadenarlo al partido de Wallenstein en el momento de la rebelión de éste. Tecla y Max viven de su amor, que es voz de Dios y expresión y apoyo de su mismo ideal. Y su amor les impone los mayores sacrificios. Mientras todo se derrumba en torno a Wallenstein, cuando gran parte de sus tropas vuelven a la obediencia del emperador, Max, solicitado a la vez por el deber, que le prohíbe permanecer al lado del rebelde, y por el afecto que por él siente y la visión de la ruina de su amor y ¿le toda su vida, suplica a Tecla que le ilumine en su tormento. Pero ella sólo le aconseja seguir su voz interior.
Tecla sabe que ello significa el fin, pero también sabe que su amor es eterno y contempla impávida la muerte. Luego, cuando Max se lanza contra los suecos y perece, ella sale de Eger, donde su padre se había retirado en espera de que aquéllos llegaran, y busca el sepulcro de Max, junto al cual muere a su vez de dolor. El poeta hizo de ella una criatura en la que la dulzura femenina se une a la más firme decisión. Indudablemente, tuvo presente el drama de Romeo (v.) y Julieta (v.), pues también Max y Tecla son víctimas de la pasión política que agita y opone a sus padres: Octavio Piccolomini, fiel al emperador, y el rebelde Wallenstein. («¿Cómo nosotros, que no tenemos culpa ninguna, hemos caído en semejante dolor y ruina?… ¿Por qué el odio invencible de nuestros padres debe separarnos a nosotros, si nos amamos?»). Pero en el amplio episodio, que rebasa un poco los contornos de su drama, Schiller une en los dos jóvenes la llama del amor y la de la idea, perdiendo en pureza poética cuanto adquiere en profundidad humana. G. A. Alfero

