Tais

[Thaïs]. Es uno de aquellos per­sonajes afortunados, literariamente hablan­do, que evolucionan de distintos modos y según los más diversos motivos, aunque per­maneciendo íntimamente vinculados a un tema originario que de vez en cuando vuel­ve a imponerse con misteriosa necesidad de existencia.

Tais aparece por primera vez, como cortesana de buen corazón, en El eunuco (v.), de Terencio (1859-159 a. de C.), donde, gracias a ella, un pequeño mun­do de gente joven vuelve a los cauces del orden, por la devolución de una muchacha que había sido raptada a su familia, y a la que Tais hace casar con el joven que la había seducido. El tipo de que deriva es la Críside de Menandro, autor que sen­tía por las cortesanas la misma benevolen­cia que Terencio, y que amó al original y se inspiró en él para la creación de su personaje. En Dante («Infierno», XVIII, 133), que sólo la conoció a través de una frase citada por Cicerón en su Lelio (v.), T

ais es una meretriz aduladora y conde­nada. Podríamos ver hasta cierto punto una transferencia del espíritu de la Tais pagana en una Tais cristiana de la que habla una célebre historia del siglo IV, re­cogida en las Vidas de los Santos. También la Tais cristiana había sido, en Egipto, cortesana famosa; un día llegó hasta ella un santo anacoreta, Pafnucio (v.) — o Besarión, o Serapión el Sindonita, según otros manuscritos—, le reveló el Bien y la hizo santa. Ésta es la Tais que, tras figurar en uno de los Dramas (v.) de Rosvita (Hroswitha), debía ser más tarde la protagonista de una novela de Anatole France (1844- 1924), titulada con su nombre (v.). Como si recogiera a la vez su tradición literaria y legendaria, pagana y cristiana, Tais apa­rece en esa obra como una cortesana refi­nada y esteta, a la manera de aquellas que amaron Menandro y Alejandro Magno (v.) y, poco después, como una santa macerada por la humildad y la renunciación: más que un verdadero personaje, es una trans­formación de personajes e imágenes dentro de un único clima en el que se despliega a sus anchas la fantasía decorativamente psicológica del escritor francés.

Es difícil comprender el vínculo que ata la maravi­llosa incoherencia de esa transición, del mismo modo que es un misterio el elemen­to que concilia, en la antigua Tais de Te­rencio, su despreocupada vida de placer con los tiernos cuidados que prodiga a la muchacha a quien protege: el motivo se­creto triunfa por sí solo, en su absurdidad, infinitamente por encima del desdichado Pafnucio, que tras haber destruido a la cortesana se enamorará de ella y acabará condenándose. Figura esbozada en pocos rasgos, si bien la consideramos veremos que Tais no ha sido jamás un verdadero personaje, sino sólo un motivo y un nom­bre, sueño de una conmovida galantería masculina que quiso unir a la imagen de la dispensadora de favores la idea de la santidad. Esa figura sin rostro, definida sólo por una rápida sucesión de esplendores camales, de purezas fraternales y de ím­petus místicos, debía también inspirar a los músicos; y en 1894, Tais aparecía en la ópera de su nombre, de Massenet, sacada de la novela de France.

En ella vive neta­mente sus dos vidas con evidencia medi­terránea: la música no intenta conciliarlas y el paso de una a otra tiene lugar en se­creto, durante un intermedio sinfónico, una «meditación» que comenta «piano» la pau­sa durante la cual acontece el prodigio. Así parece que, a través de su insistencia en tratar a esa figura, el arte logró, ya que no apoderarse de ella, disolverla cada vez más en el misterio de una originaria poesía de redención, como para compen­sarla de la sombra que el severo juicio del Dante arrojó sobre ella.

U. Déttore