Tadeo Soplica

Personaje que da nom­bre al gran poema El señor Tadeo (v.), en el que Adam Mickiewicz (1798-1855) vertió su nostalgia de desterrado.

La sugestiva naturaleza de Lituania es la verdadera pro­tagonista de la obra: entre las figuras que la pueblan, Tadeo no es la personalidad más fuerte, pero en él el autor quiso per­sonificar la juventud de su época educada en la tradición cultural de la Ilustración y transportada por la epopeya napoleónica en pleno Romanticismo. Las dos corrientes se funden armónicamente en Tadeo, y la aventura narrada por el poeta nos lo mues­tra constantemente fiel a la tradición pero al mismo tiempo abierto a todas las ideas nuevas. Nos hallamos en 1812, el año feliz, «rico en grano y centelleante en armas», cuando las esperanzas polacas se volvían hacia Napoleón, entonces en guerra con­tra el opresor ruso. Al comenzar el rela­to, Tadeo regresa de Vilna a sus tierras, de las que está enamorado, y la Naturale­za, muda para los hombres de la ciudad, parece hablarle con sus infinitas voces.

En­tra en la casa donde vivió en su niñez, y la recorre gozoso de hallarse entre aque­llos amados muros, cuando he aquí que en su propia habitación aparece ante sus ojos una bellísima muchacha, que huye al ver­le. ¿Quién será? A pesar de sus indaga­ciones, no la encuentra entre los habitan­tes de la casa, regida ahora por uno de sus tíos, ya que su padre desapareció de ella misteriosamente; en cambio, le seducen las gracias de la madura Telimene. El hechizo, empero, dura poco, pues una mañana Tadeo encuentra a Zosia que, no admitida todavía en sociedad, se ocupa de las faenas del campo, como una joven ninfa. Un inge­nuo y delicado idilio nace entre los dos jóvenes, pero no tardan en surgir obs­táculos que les separan: Zosia es pupila de Telimene; la hostilidad de ésta y la rivalidad del conde, que también está ena­morado de la joven, se mezclan con los trágicos acontecimientos que siguen.

Un pleito que desde hacía muchos años sepa­raba a los Soplica de los Horesko degenera en un encuentro a mano armada; aunque los enemigos se reconcilian cuando sobre­viene una patrulla rusa que es victoriosa­mente rechazada por las dos facciones re­unidas. En el conflicto cae mortalmente herido un misterioso fraile, Robak, que resulta ser el padre de Tadeo. En sus últi­mos momentos, refiere que, calumniado en “tiempo de Kosciuszko y rechazado por los padres de la joven a quien amaba, Eva Ho­resko, había huido, para regresar poco des­pués como emisario de Napoleón, con ob­jeto de sublevar el país. Pero Zosia es hija de Eva; cásese con Tadeo, y los odios que separaron a las dos familias quedarán di­sueltos en el amor de los dos jóvenes, que perpetuarán su descendencia. El castillo disputado se convertirá en la casa que ha­bitará la nueva pareja. Y el poema termina con la fiesta de los desposorios de Tadeo y Zosia.

Tadeo, generosamente, pide a su esposa la liberación de los siervos de la gleba en las aldeas que les pertenecen, ges­to evidentemente dictado por los ideales de la juventud progresista y por el entu­siasmo patriótico de la generación que dio a Polonia la constitución del 3 de mayo y la insurrección de Kosciuszko. Zosia se dis­pone gozosa a consentir en lo solicitado por Tadeo, pero, según el consejo de Gervasio, la liberación deberá hacerse de acuerdo con una antigua tradición en virtud de la cual los campesinos quedaban automáticamente ennoblecidos, y Tadeo y Zosia les conce­derán su propio escudo. La figura de Ta­deo Soplica es distinta de cualquier otra de las que aparecen en los poemas de Mickiewicz. Nos hallamos lejos de la dolor osa y reflexiva producción de Los antepasados (v.), así como de la prometeica rebelión de Conrado Wallenrod; pero precisamente por su sencilla humanidad, Tadeo vivirá en to­dos los tiempos.

Cuando se puso a escribir su poema, Mickiewicz lo había ideado co­mo un idilio a la manera de Hermann y Dorothea (v.), de Goethe; pero luego su plan se convirtió en un magnífico cuadro de la vida polaca, con que la primitiva inspira­ción reaparece en la fresca gentileza de sentimientos del joven y en la nobleza de sus propósitos y de sus actos.

M. B. Begey