Silas Lapham

Protagonista de la no­vela La ascensión de Silas Lapham (v.), del escritor americano William Dean Howells (1837-1920). Nacido en Vermont, ín­tima fortaleza del puritanismo yanqui, y educado en las «sencillas virtudes del Anti­guo Testamento y del Almanaque del Pobre Ricardo (v.), este muchacho de origen campesino de Nueva Inglaterra se hace fa­bricante de barnices, logra la riqueza, cae de nuevo en la miseria y por segunda vez, gracias a su derrumbamiento social y eco­nómico, se eleva a una puritana superiori­dad espiritual.

La fuerza de este personaje, como la de todo el relato, consiste en la tradicional certeza — fe en la dignidad hu­mana — que ahora hace parecer arcaicos a uno y a otro. A los 55 años, Silas Lapham es «un bello tipo de americano próspero» — el provinciano «self-made man», rudo in­dividualista cuya desaparición coincide con el nacimiento de la América moderna —. Posee el cuerpo vigoroso, la cabeza dura, el mentón cuadrado, la corta barba rojiza, el brazo musculoso, la garra velluda, las maneras toscas y el lenguaje familiar del hombre del campo. Establecido en la decorosa Boston, ese macizo rústico se man­tiene al margen de las «técnicas» del mo­derno mundo de los negocios y de su ja­bonosa jerga.

Ha abierto su propio surco en la dura tierra de la montaña y lo ha arado sin torcerse. Como sus antepasados (v. Jonathan), cree en el trabajo infatiga­ble, en la prudencia y en la honradez, y los practica: no puede soportar el ocio y desdeña la frivolidad, el formalismo, el artificio, la complicación, las bellas plumas y los discursos llenos de imágenes. Nunca ha querido saber que a un «superior» no le está bien trabajar en mangas de camisa, ni echar una siestecita en su escritorio, con un periódico sobre la cara, en las tardes calurosas. Su industria es creación suya: ha llegado a hacerla prosperar gracias a una «constante aplicación e inquebrantable perseverancia» (v. Horacio Alger). Su pa­sión por ella constituye la poesía de su carácter, por demás prosaico.

Guarda con ella la misma relación de ruda pero autén­tica intimidad que le une a su excelente esposa, a sus dos hijas, al lugar de su na­cimiento, a su sillón, a la tierra que tiene en las manos, al dinero que guarda en su bolsa, a la sustancia física de su restrin­gido pequeño mundo y a la sustancia moral de las tradiciones de éste. Le gusta guiar un caballo fogoso, cortar con un afilado cuchillo un pedazo de madera de lisas fi­bras, manejar una herramienta bien forjada, contemplar una hilera de ladrillos bien puestos. Pero con el éxito vienen las tentaciones de infidelidad para con su pro­pio ser: el afán de que la alta sociedad de la ciudad en que vive le acepte. Su orgullo amenaza convertirse en vanidad, bravuco­nería y complacencia; el sentido común em­pieza a abandonarle. Sin embargo, conserva la conciencia limpia — excepto por lo que se refiere a un acto de su pasado, que cual­quier otro que no fuera un puritano habría ya olvidado hace mucho tiempo —.

El «pe­cado» tiene en su mente «una inextinguible vitalidad»; su sentido de culpabilidad en re­lación con él, adormecido pero no muerto, vuelve a atormentarle en el momento de su ruina económica y social. Cuando se le ofrece la posibilidad de «evadirse» por me­dio de un engaño insignificante y plena­mente justificable del que jamás podrán exigírsele responsabilidades, sus incorrup­tibles escrúpulos puritanos le obligan a re­chazarla (v. Ethan Frome). Una vez des­trozada su carrera y su salud por las obli­gaciones que él mismo se impone, vuelve a su modesta finca y reconquista «a través del fracaso, la duda y la congoja, la virili­dad que la riqueza había estado a punto de arrebatarle». Y al reflexionar sobre la decisión con que ha provocado su propia caída, se dice: «… si hubiera de volver a empezar, exactamente de la misma manera, creo que tendría que hacerlo». Por conser­var las manos limpias y el corazón puro, vale la pena perder el mundo.

S. Geist