Sigüenza

Protagonista de las novelas Del vivir y El libro de Sigüenza (v.), de Gabriel Miró (1879-1930). Pocas veces un autor se ha presentado tan claramente a la posteridad bajo las apariencias de intér­prete.

Con los ojos de Sigüenza, Gabriel Miró busca el mundo, y en el mundo la humanidad, el paisaje, el dolor y la muer­te. «Sigüenza — dice Miró, en un determina­do momento, retratándose a sí mismo — significa ardor, recogimiento, evocación, pero también resignación a las cosas que nos pertenecen a todos». Y así Sigüenza pasa, montado en un manso borrico, ya que su caballería no implica la misión de en­derezar entuertos ni corregir errores como la de don Quijote (v.), sino que consiste en la sencilla y a veces melancólica prueba de lo inevitable, del dolor y de la muerte. Sigüenza visita las casas de los leprosos’, habla con los enfermos, llora interiormente por ellos, de un modo completamente es­tético, algo cansino y delicuescente, bus­cando su goce en el dolor mismo.

Sigüenza es también un devorador de paisajes que anda para ver. «Los olores del campo y del mar llegaban hasta el corazón de Sigüen­za. Éste miraba y aspiraba con tanto ím­petu que acabó por sentir cansancio y do­lor en su carne». Su idealismo es total; satura todas las moléculas de su cuerpo y de su alma; pero no lucha contra el ma­terialismo que le rodea, sino que se limita a contemplarlo con doloroso estupor. Un día, Sigüenza recoge una hoja de acanto y se la lleva triunfalmente como mensaje de pacifismo. Pero he aquí que todos los campesinos que encuentra le contradicen: no es acanto, sino la hierba «camera» que cura los dolores de estómago. Sigüenza no afirma, no defiende, no lucha para conven­cer como hubiera hecho el otro idealista, don Quijote.

Se va, y se queda con la duda. ¿Acanto o «camera»? ¿Idealismo o mate­rialismo? Vence el primero, porque esa idea halla raíces en su forma mental, pero dulcemente, con resignación, sin combate, sólo para él. Sigüenza no es un misionero de idealismo ni lo difunde: se limita a ser una viviente encarnación del ideal, del goce estético, del espíritu: un divino egoís­ta, en una palabra. Y cuando se aleja de nosotros montado en su asno, como cuando llegó, con aquella su mirada afable y tran­quila que se posa en el paisaje y en los hombres, nos sentimos un poco turbados ante la idea de que sufra por nosotros y pueda continuar mirándonos, compade­ciéndonos, pero manteniéndose extraño, en el espléndido limbo del eterno soñador.

F. Díaz-Plaja