Señor Nicolás

[Monsieur Nicolás]. Héroe de la narración autobiográfica de su nombre (v.) de Nicolas-Edme Restif de la Bretonne (1734-1806). «Indulgentes, honra­dos y compasivos lectores, leedme para apia­daros de mí… viendo cómo un hombre pue­de perderse».

En la tardía conciencia de la perdición en que se había envilecido una existencia genial y exuberante distraída­mente malgastada en una vida amoral, mon­sieur Nicolás rescata, salvándolo de la in­evitable condenación de la posteridad, el fidedigno relato de su vida, o sea de sus amores: larga, cruda pero estremecedora sucesión de aventuras eróticas y disolutas en las que el amor se hunde. Al final del cami­no, ese «Jean-Jacques des Halles» — como se le llamó por haber imitado en estilo vul­gar a Rousseau, de quien se declara discípu­lo— sólo encuentra la desesperación. El va­lor de su confesión no estriba en su fácil moraleja, demasiado abiertamente indicada, sino en que a través de ella aparecen, fríamente demostradas y con una lúcida y precursora intuición de ciertos fundamenta­les motivos freudianos, las desviaciones a que la conducta del ser humano puede de­jarse llevar cuando la sociedad no se cuida de su primer encuentro con la vida: mon­sieur Nicolás, aquel hombre tan inteligente, tan ardoroso y tan despreocupadamente dis­puesto a gozar de todos los placeres, sabe que en todo niño hay un hombre que sal­var y que generalmente se corrompe, día tras día, desde el primer despertar de su conciencia.

Por ello él en persona, el des­enfrenado y cínico gozador, se dedica a estudiar y a proponer al mundo la más ori­ginal y complicada reforma de la vida so­cial que apareciera en su época, según un plan del que reformadores más modestos y más moderados que han venido tras él han sabido extraer, como de un riquísimo filón, las más radicales y valiosas propo­siciones: «Pinto al hombre tal como es, llevado por la Naturaleza y por los ‘obje­tos presentes’, a pesar de su corazón y de su razón… Tengo que ser verdadero, o ca­llarme». Y debe reconocerse que monsieur Nicolás respetó esta última divisa en toda su plenitud, lo mismo en la literatura que en la vida, al no rehuir ninguno de los pe­ligros de la sinceridad ni negarse a pagar con su persona todas las consecuencias de aquélla.

G. Veronesi