Señor Esteve

[Senyor Esteve]. Perso­naje creado por la ingeniosa fecundidad del dramaturgo y pintor catalán Santiago Rusiñol (1861-1931). Es el protagonista de sus famosas Aleluyas del señor Esteve (v.), que el autor dio en versión novelística y teatral.

La fama de este personaje, al acer­tar a representar el tipo de hombre perte­neciente a la pequeña burguesía barcelonesa, con su falta de horizontes espirituales y su corazón puesto en la ganancia diaria, ha rebasado toda referencia a la obra ori­ginal y con su nombre designamos hoy a cierta clase social, o mejor dicho a la clase social que existió en el siglo pasado y de la que hoy todavía quedan representantes. Lo que, en realidad, nos describe Rusiñol es la historia de cuatro^ generaciones. La acción empieza presentándonos el naci­miento de Estevet (diminutivo de Esteve = Esteban), hijo de don Ramón y nieto ya de un señor Esteve, fundador de «La Puntual», tienda de mercería, situada en el antiguo barrio de la Ribera de Barce­lona.

El señor Esteve y don Ramón consu­men su vida en la tienda; ella es su vida, su altar, su amor, como dice Rusiñol. La casa fue fundada en 1830 y lentamente — porque en la vida de los Esteve todo es siempre morigerado — ha ido creciendo y ganando crédito. La concepción de la vida de estos dos hombres gira siempre alrede­dor de su egoísmo y de su ambición limi­tada. El trabajo, la ganancia diaria, el ir aumentando el crédito, la ignorancia de cualquier expansión o manifestación espi­ritual, son las características más evidentes de estos dos hombres. Al pequeño Estevet recién nacido le dice el abuelo: «… y yendo sumando los años en el Haber, dentro de veinte años serás un hombre. Acuérdate, cuando te lo expliquen, de lo que ahora te digo. Acuérdate que yo, tu abuelo, que en­tonces estará ya en la gloria, te hice bajar a la tienda como si te llevara a la iglesia.

Ésta ha de ser tu iglesia… Vive y trabaja aquí; y sobre todo economiza, puesto que dos y dos son cuatro, y más cuatro son ocho, y más ocho dieciséis, y el multipli­car con precaución y sentido es lo que honra al comerciante. Ya que tu padre ha hecho el gasto, dale un interés, que no sea de usurero, pero tampoco de heredero ma­nirroto». Tras este bautismo económico, la vida del nuevo personaje empieza a dis­currir por el mismo cauce que la de su padre y su abuelo: «Silencio, discreción, economía, sequedad de emociones, todo cuanto se puede tener en la vida, para pasar sin pena ni gloria, para no ser nunca mal visto, para pasar sin estorbos… todo lo tenía aquella criatura». Su infancia transcurre sin pena ni gloria. Desde muy joven su vida y su ambición se acomodan a la tienda: «…una docena de frases que aunque fueran siempre iguales no dejaban de surtir efecto. A una un «Dios le guar­de a usted», con una sonrisa; a otra una palabra sola, pero bien dicha; a las gor­das: «Usted ha adelgazado»; a las pequeñas aquello de que «En el bote pequeño hay la buena confitura»; a las viudas: «¡Qué le vamos a hacer!»; y a todas una palabra oportuna para distraerlas y aprovechar su distracción para darles un palmo menos de género».

Estevet ha sido criado para la tienda y su vida está hecha a la medida de la misma. Sigue inexorablemente las tradiciones de su casa y la ley de la vida se realiza en él de manera inexorable, gober­nada por el destino de la práctica. Como su abuelo y su padre, debe ser un hombre «práctico». Y como buen hombre práctico debe casarse, y así se lo aconseja el abuelo: «El soltero que está en una tienda de tanta actividad como la nuestra se halla rodeado de peligros, y con los peligros viene la caída, y al caer se pierde la salud y lo que vale aún más que la salud, el crédito y la fama. El hombre soltero es un terreno que todavía tiene que edificarse. El hom­bre casado, si acierta en la elección, es un campo de regadío que produce el diez por ciento, y va doblando el interés con los hijos que produce la finca». El señor Esteve le destina la hija de un tratante en cereales del mismo barrio. Tras el casa­miento de Estevet y tras la muerte de su padre don Ramón, aquél queda al frente de «La Puntual» y dejan de llamarle ya por el diminutivo: ahora es «l’Esteve».

Su ho­rizonte vital se va limitando cada vez más, sumergiéndose en un mundo de facturas, cuentas corrientes y plazos. Un día hace la excepción de salir al campo: va con su esposa a pasar la jornada en las afueras de Barcelona; por primera vez en su vida se da cuenta de que el cielo es azul, que la vida canta y se manifiesta por doquier. Pero aquello es un peligro y Esteve no repite la aventura y vuelve otra vez a su sitio junto al mostrador. Entretanto les nace un heredero a quien bautizan con el nombre de Ramón y muere el fundador de la dinastía, el primer señor Esteve, tras dar los últimos consejos: «Dejo una viña plantada; cuidadla… No queráis ascender demasiado de prisa. Id despacio, y, hoy una piedra y mañana otra, iréis convirtien­do “La Puntual” en una especie de iglesia que será el orgullo de nuestra familia… No os fiéis de las palabras… Los hechos, siem­pre los hechos». Esteve pasa a ocupar su plaza y se convierte definitivamente en el señor Esteve.

Es quizás el personaje más representativo, el que sintetiza todas las características de los Esteve, vive al mar­gen de todo, es un hombre neutral, enemi­go de cualquier innovación, conservador, amante del orden a ultranza, con todos los ingredientes de la vida dosificados: la ale­gría, la amistad, la fe, la caridad; hombre serio, recto, prudente, sin ninguna idea nueva, que tiene crédito (la única cosa, nos advierte el autor, que cuando se con­sigue no se utiliza). El prototipo en suma de los defectos y virtudes del catalán, so­bre todo de aquel «no t’hi emboliquis» [«no te metas en esto, tan característico. Pero el hijo Ramonet le nace con una vocación muy distinta. A medida que crece, sus preferencias se inclinan por los libros y el arte, con lo cual tiemblan los fundamen­tos de aquella casa fundada en 1830. La oposición entre uno y otro surge pronto.

La vocación de Ramonet no es comprendida por su padre. Tras una discusión en la que son invocadas las virtudes de la familia y una serie de principios de la moral de los Esteve, Ramonet declara cuál es para él el sentido de la vida. Ello origina un impacto en la vida del señor Esteve que le lleva a la muerte, no sin que antes de mo­rir imprevisiblemente comprenda a su hijo. El personaje creado por Rusiñol está des­crito sólo externamente. El autor no ahon­da . en su psicología, peto su trazo es tan seguro que ha ganado popularidad y en él se ha visto el retrato del hombre creador de la gran Barcelona, al que el paso de los años ha enriquecido psicológicamente. La mezquindad del señor Esteve, en último tér­mino, queda redimida por la comprensión y por haber engendrado a Ramonet.