Sedecías

[Ṣidqiyyāhū]. Sedecías, hijo de Josías (v.), «reinó once años en Jerusalén. Obró mal ante la faz del Señor su Dios, no se humilló ante el profeta Jere­mías que le hablaba de parte del Señor, y se rebeló contra el rey Nabucodonosor» (v.).

En estos tres versículos del libro II de las Crónicas (v. Paralipómenos) se re­sume la vida entera del rey de Judá: todos sus demás hechos no serán sino consecuen­cias. Su historia empieza con el primer cerco de Jerusalén: Nabucodonosor le puso entonces en el trono desierto de un desierto país, trocando su nombre de Matanias en Sedecías, y regresó a Caldea llevando con­sigo al pueblo, los tesoros y los príncipes de Israel. En un segundo asedio, y en un más grave saqueo, la miserable aventura de Sedecías concluyó: el mismo Nabucodo­nosor «dio muerte a los hijos de Sedecías ante los ojos de éste…, y luego mandó sa­car los ojos a Sedecías y echarle grilletes para que fuera conducido a Babilonia»; detrás de él, ardía el Templo en medio de la ciudad desolada, sobre los príncipes muertos. Éstas fueron las últimas visiones de Sedecías; después no volvió ya a ver nada.

Entre las dos grandes pilastras se­pulcrales, las dos funestas piedras milia­rias del reino de Judá, hierve un mar de sangre: «Ni él, ni sus ministros, ni el pue­blo de su país obedecieron las palabras del Señor pronunciadas por el poeta Jere­mías». ¿De qué servían la Ley y el Tem­plo? Israel no escuchaba siquiera las pa­labras vivientes de Jeremías (v.), el más grande de los profetas, antes al contrario le maltrataba y le encarcelaba como espía de Babel. Y el Señor se olvidó de su pueblo y éste fue deportado; abandonó el Templo y éste fue destruido; y dejó de su mano al rey, y éste fue cegado por la lanza de Nabucodonosor como antes había sido ce­gado en su alma.

La soberbia y la debi­lidad luchaban en el alma de Sedecías co­mo una absurda apariencia de poder: su soberbia infringía la alianza jurada a los caldeos, esperando un lejano e irreal auxi­lio de los egipcios; y una súbita debilidad le empujaba hacia el profeta, pero la so­berbia, de nuevo, le hacía sordo a los oráculos de éste: «Si sales y te rindes a los príncipes del rey de Babilonia, tendrás la vida salva y esta ciudad no será entregada a las llamas». Sedecías vacilaba en una de­soladora contradicción: «Los príncipes di­jeron al rey: ‘Dése muerte a este hombre’… y contestó el rey Sedecías: ‘Hele aquí, en vuestras manos está’». «Pero Abdemelec habló al rey diciendo: ‘Oh rey, aquellos hombres han obrado injustamente… contra el profeta Jeremías, arrojándole a la cis­terna para que muera de hambre’… Y en­tonces dijo Sedecías: ‘Toma treinta hombres y saca al profeta Jeremías de la cisterna antes de que muera’».

La palabra «profeta» pasa por sus labios como un carbón encen­dido: los quema sin que él se dé cuenta, porque está ciego, es rey de ciegos, y entre ellos el «vidente» Jeremías sólo puede su­frir. Todo desapareció en la horrible gue­rra, y el pecado alimentó las llamas. Humeaban las ruinas detrás de Sedecías deportado; pero él no lo veía porque tenía la lanza en los ojos. Y como una humareda subían de las ruinas las lamentaciones de Jeremías: «Vosotros que pasáis por el ca­mino, deteneos y mirad si hay dolor seme­jante a mi dolor». También el rey Sedecías podía oír el clamor del gran profeta, y quizá por primera vez unía entonces su voz y su corazón a la enorme voz del Dios único y todopoderoso.

P. De Benedetti