San Pablo de Tarso

[Shā’ūl |. Figura de máximo relieve en la his­toria de la Iglesia primitiva, y uno de los mayores genios religiosos de todos los tiem­pos.

Nacido en Tarso (Cilicia), fue educado en Jerusalén en la más rígida observancia de las tradiciones farisaicas. Su nombre hebreo fue Saulo; el nombre de Paulo o Pablo, según la costumbre de la época, servía para identificarle en el ambiente grecorromano. Su formación inflexiblemente ortodoxa le condujo a perseguir a la na­ciente «secta» de los cristianos. Dentro de esta actividad, recibió la orden de dirigirse a Damasco para llevar encadenados a Jerusalén a los seguidores de Jesús a quienes las más altas autoridades de Israel habían condenado. Pero poco antes ‘ de llegar a la ciudad fue deslumbrado por una misteriosa luz y vio milagrosamente a aquel Cristo a quien perseguía en las personas de sus fieles.

Ante aquella presencia y a las voces de reproche de Cristo, Pablo se rindió con la misma sinceridad que le había armado la mano. Tras un período de vida solita­ria se consagró a la difusión de la doctrina de Jesús, recorriendo en una serie de ex­pediciones apostólicas diversos territorios, especialmente de Asia Menor y de Grecia, para dirigirse luego a Roma, capital y co­razón del Imperio. El contenido dramático de su vida reside por completo en la transformación provocada en su espíritu por la visión de Damasco. Primero fariseo intran­sigente, cerrado a toda amplia visión reli­giosa y celoso de las prerrogativas espiri­tuales de su pueblo, Pablo fue más tarde quien hubo de dedicar toda su vida a «derribar el muro» que separaba a los gen­tiles de los judíos, predicando «el misterio que se había mantenido oculto en los tiem­pos anteriores y ahora se había revelado, conforme a las Escrituras de los profetas, por orden del Eterno Dios, a fin de que to­das las gentes se sometieran a su fe» (cf. Epístola a los Romanos, XVI, 25 y sigs.).

Contra amigos y enemigos, contra oposi­ciones subterráneas o manifiestas, Pablo sostuvo su lucha con indomable firmeza, en pro de ese artículo fundamental de la fe. Pablo es «esclavo de Jesucristo» (cf. Epís­tola a los Romanos, I, 1), «arrebatado por Él» (cf. Epístola a los Filípenses, III, 12), para ser el instrumento elegido — el «vaso de elección» — de ese triunfo que marca uno de los hitos de la historia religiosa de la humanidad. Para Pablo «vivir es el Cristo» (cf. Epístola a los Filípenses, I, 21) y toda otra cosa carece de valor. Pablo es el. clásico ejemplo del apóstol consagrado a su misión, sin sobrentendidos y sin re­gateos. Consideró su ministerio como «una deuda» para con todos, que había que pa­gar hasta el último céntimo. Su tenaz voluntad y su absoluta devoción a su ideal le valieron una vida activa de proporciones gigantescas.

A través de montañas y de­siertos, a lo largo de todos los caminos del mundo entonces conocido, por todos los medios y en toda estación del año, su pe­regrinación en busca de almas no conoció el reposo. Azotado cinco veces, apedreado una y náufrago tres, a través de «peligros de ríos y de ladrones, de peligros por parte de su pueblo y de los paganos, de peligros en el desierto, en el mar y entre hermanos traicioneros» (cf. II Epístola a los Corintios, XI, 21-33) su fe no desfalleció jamás. Ce­loso de su libertad, en el más amplio sen­tido, Pablo proveyó a su sustento con el trabajo de sus manos, continuando en su oficio de tejedor o de constructor de tien­das, que aprendiera de joven. Ciudadano romano, supo hacer valer esta ventajosa situación para defender su obra de após­tol. No se arredró ante los poderosos ni le detuvo ningún obstáculo.

«No se rubo­rizó del Evangelio» (cf. Epístola a los Ro­manos, I, 16) y tuvo la audacia de anunciar la «locura de la Cruz» (cf. Epístola a los Corintios, III, 19), incluso a los filósofos del Areópago de Atenas. De Éfeso a Roma, de Corinto a Filippo, en los puertos, en los suburbios de los grandes emporios co­merciales, en las casas y en las sinagogas, ante las autoridades romanas y ante los príncipes judíos, en presencia de los es­clavos y en presencia de los más doctos maestros de Israel, su elocuencia no hecha de palabras obligó a todos los espíritus sinceros a escucharle. En caso de necesi­dad, sabía apelar también a sus privilegios espirituales y a sus dotes místicas, incluso al rapto al «tercer cielo», para proclamar, subrayando su divino carácter, la legitimi­dad de aquella predicación que asustaba a los hombres de poca fe y a los cristianos de cortos alcances.

Sus discípulos vivieron a su sombra, y él señoreó por encima de todos porque, más que ningún otro, era el esclavo de Cristo. El vigor y la riqueza de su palabra están atestiguados por las catorce Epístolas (v.) que de él se nos conservan. Dirigidas a comunidades o a par­ticulares, tienen todos los caracteres de los escritos ocasionales. En ningún caso pre­tenden ser textos exhaustivos, pero siem­pre son la síntesis más poderosa de la en­señanza evangélica expresada en sus más claras verdades y hasta sus últimas conse­cuencias. Desde el punto de vista literario, debe reconocérsele el mérito de haber so­metido por primera vez la lengua griega al peso de las nuevas ideas. Su educación dialéctica asoma en algunas de sus argu­mentaciones.

Pero su temperamento mís­tico se eleva hasta la contemplación y al­canza las cumbres de la lírica en el fa­moso himno a la caridad (I Epístola a los Corintios, XIII). Profundamente sensible, nervioso, a veces violento e inexorable y otras veces tiernamente maternal, Pablo fue un hombre sediento de comprensión y de amor concreto y transfigurado por el sacrificio sin restricciones. Su muerte al filo de la espada coronó lógicamente su vida y su obra que, en la tradición icono­gráfica, está precisamente simbolizada por una espada. Su grandiosa concepción reli­giosa nos da la medida de la fuerza de su espíritu y de la luminosa riqueza de su inspiración. Dios concibió desde la eter­nidad el designio de salvar a todos los hombres sin distinción de raza, identificán­dolos con su Hijo en la unidad de un solo cuerpo: un cuerpo místico pero real.

Los fieles son una persona sola en Cristo, que une a todos en la unidad de su cuerpo, y, purificándolos en su sangre, los convierte en un hombre nuevo que crece por la gracia que fluye de la cabeza, que es Él. Los hombres descienden de Adán (v.), de quien heredaron un cuerpo corruptible, el pecado y la muerte; pero todos los hombres, en el nuevo Adán que es Cristo, son re­generados y recibirán, en la resurrección, un cuerpo incorruptible y glorioso, y, en esta vida, la liberación del pecado, la vic­toria sobre la muerte amarga y la certeza de una futura vida feliz y eterna. En Cristo culminan y se perfeccionan todas las cria­turas celestes y terrestres; Él es el centro de gravitación del universo rehabilitado.

Esta prodigiosa visión unitaria del género humano que parte del Adán de la genera­ción y del pecado para llegar al Adán de la regeneración y de la gracia, es la base de la fe cristiana, expresada y vivida por Pablo con una lucidez y una devoción ejemplares. Ese hombre sin reposo maduró sus altísimas especulaciones junto a un telar, yendo de viaje o encarcelado, dic­tando durante interminables horas aquellas epístolas que ocupan un lugar único en la historia de la literatura universal. Pablo es una tempestad de amor y un huracán de ideas.

S. Garofalo