Pablo de Segovia o Don Pablos

Protagonista de la novela El Buscón (v.) de Francisco de Quevedo Villegas (1580- 1645). En la larga serie de picaros descen­dientes en línea recta de Lazarillo de Tormes (v.), Pablo es quizás el más parecido al modelo en sus procedimientos exterio­res.

Pero si de la indicación formal se pasa a la universal sustancia de su vida, su figura queda mejor definida fuera de la picaresca. El pícaro (v.) es el hombre que permanece constantemente al margen de la sociedad, sin adaptarse a ninguna de sus imágenes ideales. La necesidad, para él, no se deja seducir nunca y conserva per­petuamente su carácter elemental de ham­bre; el pícaro es el hombre que jamás toma la iniciativa porque no puede mirar al mañana y todo lo espera del azar. Pablo, en cambio, no conoce la necesidad y los valores sociales conservan para él todo su peso. Hijo de un barbero ladrón y de una bruja, entra al servicio de su compañero de escuela don Diego Coronel, con quien va a estudiar a Segovia, en casa del avaro Dómine Cabra (v.).

Más tarde es enviado, también en compañía de don Diego, a la Universidad de Alcalá, donde tiene que sufrir las terribles novatadas con que los antiguos se burlan de los recién inscritos. Amaestrado por la maldad de los hombres, Pablo acaba superando incluso a los más duchos en burlas, hurtos y golpes de mano que no respetan autoridades ni profesores, ni siquiera a su propio dueño. Tras la muerte de su padre en la horca, Pablo re­coge los trescientos escudos que aquél le dejó en herencia, y con ellos se establece en Madrid, donde se asocia con una com­pañía de estafadores que viven a expen­sas del prójimo ostentando apellidos y tí­tulos de nobleza que no poseen.

Encar­celado, soborna a su guardián con el di­nero que le queda de su herencia y recobra la libertad. Corteja a varias señoras, y está a punto de desposarse con una de ellas cuando tiene la desgracia de tropezar con su antiguo dueño don Diego, que le reconoce y le manda apalear. Después de cu­radas sus heridas, pasa a Toledo y entra en una compañía de cómicos como actor y autor de comedias; más tarde, al disol­verse aquélla, se dirige a Sevilla con una partida de malhechores. Finalmente, can­sado de peligros y aventuras, decide cam­biar de ambiente, con la esperanza de cambiar también de fortuna, y se embarca para las Indias. Pablo, pues, como todos los picaros, es el hombre solo que cursa el aprendizaje de la maldad humana y del dolor.

Pero en el fondo, el resorte que le mueve es la aventura y la ambición, más que la necesidad. Y si conoce el hambre, es el hambre sazonada de justificaciones intelectuales del Dómine Cabra, y si expe­rimenta la maldad, es la gratuita y ale­gre de los goliardos complutenses. Incluso cuando deja su puesto de estudiante-criado para entrar en Madrid en la hermandad de don Toribio, sus experiencias, más que de pícaro, son de aventurero. Fullero, estafador, pisaverde, actor y poeta, Pablo logra introducirse en las clases altas, y si éstas le rechazan, es por su mala fortuna más que por necesidad. Por ello la figura de Pablo resulta grotesca, mientras que las de Lazarillo (v.) y Guzmán (v.) son trá­gicas. Para éstos la realidad permanece impenetrable, hostil y cerrada, y no les cabe hacer otra cosa, para superarla, que arrojar sobre ella el desprecio del estoico.

Pablo, en cambio, entra en la comedia e intenta mantener su estatura a la medida de los demás. Pero en el fondo tampoco cree en ella, y su figura, empobrecida por la ficción, invade la escena con una trama de gestos grotescos que no inspiran la me­nor simpatía. Carente de vida interior, Pablo se mueve como un ridículo polichi­nela entre máscaras y rostros, apariencias y realidades, cual metáfora de una sociedad inmóvil en sus hueras fórmulas bajo las que apenas se oculta la decadencia de todo sentido moral y político, que a no tardar ha de precipitarla fatalmente hacia su perdición.

C. Capasso