San Miguel Arcángel

[Mīhkā’ell. Uno de los tres arcángeles bíblicos, príncipe de los ángeles, «príncipe grande» cuya esen­cia se halla en su propio nombre: ¿quién como Dios? Frente a Lucifer (v. Diablo), Miguel no quiso ser como Dios; frente a la soberbia de Satanás y de Adán (v.): «eritis sicut Dii», Miguel dice: «¿Quién como Dios?».

Así se le representa con espada y rodeado de fuego, rechazando a Satanás y a sus demonios (un tercio de las estrellas, en el Apocalipsis, v.) fuera del pa­raíso celestial, y a Adán fuera del paraíso terrenal. Pero en su humildad no se atre­ve ni siquiera a maldecir al demonio (v. Epístola de San Judas), porque la mal­dición está reservada a Dios. En el libro de Daniel (v.), Miguel es el ángel custodio de la nación de Israel hasta el fin de los tiem­pos, y le vemos disputar con los ángeles custodios de las otras naciones en una leonardesca batalla de nubes en el espacio. Si es posible caracterizar la personalidad de un espíritu puro con nombres y virtudes humanas, Miguel es el ángel de humildad, fortaleza y santidad.

La fortaleza no es más que la naturaleza de la humildad, en cuanto contraria a la soberbia. Por ello en la liturgia cristiana, Miguel es invocado contra la malicia y contra las emboscadas del diablo. Como ministro fiel de Dios, es­tá sentado a la diestra del altar de los perfumes, adorando la majestad como el humo de incienso entre la tierra y el cielo. Pero que Miguel no es una simple hipóstasis de la acción divina, sino una criatura libre, santa y, en su día, tentada, lo dice su nombre, como contestando a una idea diabólica: ¿Quién como Dios?

P. De Benedetti