Miguel Kohlhaas

[Michael Kohlhaas]. En la base de todas las novelas de Heinrich Kleist (1777-1811) hay un pro­blema psicológico. En Miguel Kohlhaas (v.), el problema psicológico es el siguiente: có­mo un hombre justo, excelente marido y padre de familia y ciudadano pacífico y de buen carácter puede, bajo la acción de una gran injusticia, transformarse en un bandido homicida e incendiario, funesto para la sociedad, para la familia y para sí mismo.

Goethe decía que lo característico del arte de Kleist era la «Verwirrung der Gefühle» o «confusión de los sentimientos», esto es, la deformación y perturbación de los sentimientos humanos bajo la presión de los hechos. Miguel Kohlhaas, rico tra­tante en caballerías, respetado y estimado, viviría sin grandes dificultades si un buen día no hubiera topado contra la voluntad de un caprichoso señorón (no se olvide que nos hallamos en el siglo XVI), a quien rodeaba un puñado de bribones. A me­dida que las cosas se van complicando, se ve despojado por los compadrazgos de unos cuantos nobles, unos jueces débiles y corrompidos y las rivalidades de los príncipes electores.

Su angustia va cre­ciendo, va acumulándose y el desdichado acaba por tener la sensación de que ja­más podrá librarse de ella. Su último apoyo y su último freno desaparecen cuando su esposa, abrumada por aquella tremenda in­triga, muere. La pasión de la justicia con­culcada enturbia su pensamiento; Miguel Kohlhaas ya no piensa más que en la ven­ganza. En el siglo XVI la sociedad ofrecía una salida a los perseguidos que se rebe­laban: el bandolerismo. Y Miguel Kohlhaas se lanza a él, armando hombres, incendian­do castillos y ciudades, atropellando ene­migos y ampliando su terrible actividad hasta convertirse en una amenaza grave contra la seguridad pública. Que no es un hombre violento por naturaleza ni un fa­cineroso inveterado lo confirma el hecho de que cuando es — o se cree — amnistiado vuelve inmediatamente a su vida de ciu­dadano pacífico y se apresura a reunir a su alrededor a sus cinco hijos, a quienes cría con ternura casi maternal.

E incluso más tarde, aceptará su condena con cierta serenidad, mientras se le dé razón del pro­blema fundamental que se ha planteado y en el que gira todo su mundo: sus bie­nes, la paz de la familia y la vida. Cu­rioso tipo de bandolero, en verdad, como Tiubo más de uno en aquellos tiempos, en los que demasiados hombres se hallaban en la angustiosa necesidad de dejarse aplas­tar por el primer déspota que se atrave­saba en su camino, a menos que se toma­ran la justicia por su mano, aunque hu­bieran de pagar muy cara tal satisfacción.

B. Allason