San Juan Evangelista

[Yōḥanan]. Entre los doce discí­pulos que siguieron a Jesucristo, es el per­sonaje más claramente dibujado por los Evangelios, no sólo en sus rasgos instintivos de carácter psicológico sino en sus peculiarísimas reacciones a «su» misterio de Gracia.

Ya los tres Sinópticos dan a su figura un especial relieve, pero los escritos del propio Juan (v. Evangelio de San Juan, Apocalipsis y las Tres Epístolas) le añaden abundantes recuerdos personales y revelan, en un lenguaje humilde y sutil, los más recónditos pliegues de su alma. Ya en la propia perífrasis con que Juan se designa tímidamente a sí mismo como «el discípulo amado de Jesús», se recoge de lleno, resu­miéndolas, las características de su perso­nalidad y la aventura espiritual a que ésta estaba destinada.

En efecto, sólo gracias a aquella predilección de Jesús se pone de manifiesto la riqueza interior del hijo de Zebedeo. Y ella matiza, con inflamado es­tupor, una vida larguísima, para fijar en el mundo su imagen de criatura marcada por Dios. El Apóstol ofrece a Jesús, desde el inicio de su vocación, su generosidad juvenil y la desnudez y candor de su alma y no retira jamás su ofrenda ni para cam­biar el estado de las cosas ni por escándalo de pasión. A cambio de ello recibe la in­timidad del Maestro, que luego no se limita a ser una conmovida participación en las horas más solemnes o más graves de éste, sino que es total presencia de hombre a hombre, y más aún, don de penetración en los secretos del Verbo, hijo de Dios en­carnado.

No en vano en la última Cena Juan está echado en el triclinio a la iz­quierda de Jesús, e inclinando la cabeza la apoya en el pecho de Éste. Así también en el Calvario él es el único que recoge el testamento del Crucificado y recibe el encargo de cuidar de la criatura que Éste más ama. La última palabra que Jesucristo le dirige en la tierra es casi una duda, una alusión simbólica y ciertamente el signo de un destino singular: « ¿Y si yo quiero que éste se quede hasta mi regreso?…» (Juan, XXI, 21-22).

Por ello, en su vejez, se di­fundió el rumor de que no moriría; pero, como observa San Agustín, aquello que habrá de permanecer en la Iglesia hasta el final, para atestiguar en la tristeza de los tiempos los goces de la visión futura, como concreto signo, en algunos, de aquello que Dios derramará en todos, no es el Apóstol, sino la vida contemplativa personificada por él. Así la figura de Juan se destaca del Evangelio con claros rasgos humanos y pro­funda y no efímera significación.

En él, una vez para siempre, queda sellada la suerte de quienquiera que, encontrándose en Cris­to, pasa del amor a la fe y de la fe a la contemplación, por una imperturbable paz del espíritu. Perfectamente conviene a este hombre la misión que el cristianismo le reconoce, de Evangelista «espiritual» y de último de los Profetas. Incluso la icono­grafía de San Juan Evangelista prevalece netamente sobre la de los demás evange­listas, por el importante lugar que corresponde a Juan en todas las representaciones de la Cena y de la Crucifixión.

Simbolizado primitivamente por uno de los cuatro ríos terminales del Paraíso, los mosaicos y sar­cófagos paleocristianos, seguidos por los miniaturistas medievales, le representan acompañado por el águila apocalíptica y aun muchas veces con cabeza de águila sobre cuerpo humano. Los artistas del Renaci­miento se inspiraron ampliamente en los distintos episodios de su vida, y una de las más célebres figuraciones suyas es aquella en que aparece como Profeta, con el cáliz del cual surge una serpiente alusiva al mi­lagro del veneno.

E. Barto