[Yōḥanan]. Es el único hombre de quien Jesucristo pronunció un extenso y motivado elogio (Mateo, XI, 7-15; Lucas, VII, 24-28), definiéndole como «más que profeta», y cuya dignidad y misión de Precursor del Mesías había ya sido anunciada por el Antiguo Testamento: «En verdad os digo, entre los nacidos de mujer no hubo jamás nadie mayor que Juan el Bautista, y sin embargo, el más pequeño del reino de los cielos es mayor que él.
Porque todos los Profetas y la Ley han profetizado hasta Juan; pero desde el tiempo de Juan el Bautista hasta ahora el reino de Dios ha sido tomado por la fuerza y los violentos se apoderan .de él». El Bautista es el límite entre la antigua y la nueva economía religiosa de la revelación. Hijo del milagro, nace de padres estériles, después de haber sido anunciado por un ángel en el Templo, y se estremece en el seno de su madre cuando ésta se encuentra con la madre de Jesús.
Abandonó las montañas de Judea, donde había nacido, para retirarse a la soledad cerca de Jericó y llevar en aquel desierto una vida de penitencia, vistiendo rudas pieles y alimentándose no menos austeramente. En las riberas del Jordán su predicación acerca dela inminencia del reino de Dios y de la necesidad de prepararse con la penitencia impresionó a las multitudes de Israel, que Se dirigieron a él para ser «bautizadas» en el bautismo de penitencia para la remisión de los pecados. Y vientos de renovación atravesaron Palestina, y la esperanza del Mesías se agudizó hasta hacerse dolorosa. Juan el Bautista se convirtió en una figura gigantesca y prestigiosa ante el pueblo, y las autoridades de Jerusalén le enviaron delegados para preguntarle si era el Mesías.
Pero Juan se definió como «una voz» que grita para preparar el camino a Aquél, y cuando Jesús se presenta a él obligándole a «bautizarlo», Juan le transfiere decididamente sus discípulos y las multitudes que le seguían. Frenó la envidia de sus más íntimos devotos frente a los discípulos de Jesús e insistió con heroica tenacidad en rebajar las proporciones de su misión para que crecieran, en la fe del pueblo, las de Jesús. El nombre de San Juan Bautista, en la tradición literaria y .artística, está particularmente vinculado con el episodio de su fin.
La «voz del desierto» llegó hasta el trono del tetrarca de Galilea, Herodes Antipas (v.), que, después de repudiar a su legítima esposa, vivía con su cuñada Herodías (v.) y su sobrina. El terrible profeta fue arrojado a las mazmorras más secretas de Maqueronte; «Herodías le odiaba y quería hacerle morir, pero no podía, porque Herodes tenía un respetuoso temor a Juan, ya que le sabía hombre justo y santo. Y le tenía encerrado en seguridad, y cuando le oía se quedaba muy confuso, pero aun así le escuchaba de muy buen grado» (San Marcos, VI, 19-20). La colosal estatura moral del Bautista subyuga y aplasta al pigmeo encelado que, en ocasión de celebrar el aniversario de su nacimiento, promete incautamente a la hija de Herodías (v. Salomé), que había danzado ante él, todo cuanto desee y obtiene por respuesta «la cabeza del profeta en un plato».
Y aunque le dolió, no quiso faltar a su palabra, y la última aparición terrenal de Juan el Bautista, que con sus palabras había enardecido Palestina, fue aquella cabeza en un plato, que pasó del rey a la danzarina y de ésta a su madre (San Marcos, VI, 21-29). A la noticia de la predicación de Jesús, algunos, y sobre todo Herodes, pensaron que se trataba del Bautista redivivo: hasta tal punto el nombre del profeta estaba ligado en todo cuanto pudiera imaginarse de grande y prodigioso. Si turbó los sueños de Herodes, el Bautista no excitó menos la fantasía de los judíos, y todavía en tiempos de San Pablo vivían en Éfeso algunos fieles discípulos suyos. San Juan Bautista reúne en sí los atributos del profeta y del mártir, alcanzando de este modo dos cumbres humanas.
En el umbral del Evangelio su dedo que señala a Jesús, su voz que agita a buenos y malos, su valor que le domina en su atenta e incesante precisión de no salir de sus límites, su elocuencia que doblega a muchedumbres enteras a pensar y obrar de una manera virtuosa, y su trágica y gloriosa muerte, resumen todos los valores permanentes del Antiguo Testamento y anuncian el Nuevo. De ello se dio cuenta el propio Renán, que en su retrato del Bautista empeñó sus mejores dotes de «aficionado»: «Gigante de los orígenes cristianos, este hombre que se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre, este arisco reparador de entuertos, fue el ajenjo que preparó los labios a la dulzura del Reino de Dios.
El decapitado por Herodías abrió la era de los mártires cristianos y fue el primer testigo de la nueva conciencia. Los mundanos, que reconocieron en él a su viejo enemigo, no le permitieron vivir; su cadáver mutilado, tendido en el umbral del cristianismo, trazó el camino sangriento a través del cual tantos otros habían de pasar en pos de él». Esta grandeza sin parangón ni ejemplo le hace comparable a una estatua de Miguel Ángel erigida ante las puertas del nuevo templo donde se adora a Dios en espíritu y verdad, en sinceridad de intención y con el heroísmo de las obras.
S. Garofalo

