Tras las ilustres cristalizaciones de un Heine (v. Atta Troll, 1841), de un Mureau (pintura al óleo y acuarela L’Aparition, expuestos en el Salón de 1876), de un Malarmé, y la exaltación de Huysmans (en Al revés, v.), que han llevado hasta sus extremas consecuencias las posibilidades de narcisismo intelectual y de histérico sadismo ya implícitas en las arriesgadas sugestiones a que se presta la propia fuente evangélica, la figura de Salomé llegó a Oscar Wilde (1854-1900), quien recapituló y vulgarizó, según la función histórica de su carrera, los caracteres por los que hoy todos la conocemos (v. Salomé).
También su Salomé, más aún que las anteriores, vive suspendida en una morbosa fijeza psicológica, en una inercia opaca que refleja la nada y la muerte, los mitos decadentistas que se oponen al afán de acción y de vida del Romanticismo en sus comienzos. Salomé danzará para Herodes a cambio de que el lujurioso tetrarca le conceda la cabeza de Jokanaan; y una vez lograda ésta, besará con ávida voluptuosidad los muertos labios de su víctima. Pero esa criatura de Wilde está muy lejos de revelarnos la participación de un artista conmovido más allá del superficial estremecimiento de lo decorativo y genérico. En la Hérodiade (v. Herodías) de Mallarmé, para citar un precedente mucho más válido, hallamos un profundo empeño en caracterizar psicológicamente, como fruto de una humanidad soberbiamente desviada, un drama sin asunto, haciendo de él el símbolo de una autobiografía ideal, de una poesía.
La Salomé de Wilde convierte en genérico el sombrío ardor de su macabro deseo, en el lenguaje elegante y fútilmente simplificado en un pueril balbuceo, y en el lujo calculado y externo de las imágenes de color bíblico; y así descubre su más auténtico significado de pretexto para lograr una determinada atmósfera literaria y un determinado hecho teatral. El vacío horror del alma se consuela— adivinando en ello, según agudamente advirtió Praz, el asomo de una parodia — en el arabesco «liberty» y en la divagación escenográfica.
Una versión caricaturesca de la figura de Salomé fue dada en 1886 por Jules Laforgue (1860-1887) (v. Moralidades legendarias), quien, llevando aún más lejos la ironía de Heine, hace morir a Salomé al perder el equilibrio en el acto de arrojar la cabeza de Jokanaan desde un promontorio al mar: «Menos victorioso de los casos no literarios el de haber querido vivir en un mundo artificial en vez de hacerlo buenamente como todos nosotros». En la Herodios de Flaubert, Salomé no es más que un instrumento de la venganza de su madre y en ella no hay el menor asomo de amor monstruoso.
G. Bassani

