Roberto Guiscardo

[Robert Guiskard]. Es el héroe de la tragedia de su nombre (v.), que dejó inacabada el poeta alemán Heinrich von Kleist (1777-1811). El poeta destruyó la tragedia entera, por­que estaba seguro de que no le hubiera valido la gloria que tanto anhelaba.

Más tarde, por análogo motivo, Pentesilea (v.) despedazará el cuerpo del invencible héroe griego Aquiles (v.), porque, sólo vencién­dolo en el combate, había podido hacerse poseer por él sin perder, a la vez, su fe en la ley de las amazonas. El Guise ardo es la obra en la que el poeta cifró sus mayores esperanzas. En ella el jefe nor­mando se nos aparece en el momento en que con todo su ejército está a punto de conquistar Constantinopla y dominar así, desde su centro, el Imperio romano. Sus hazañas igualan las de Alejandro (v.) y César (v.).

Pero, en el umbral de la más gloriosa y decisiva conquista, le sobrevie­ne la peste y él lucha en vano para esca­par a la muerte. Su tragedia es la tragedia del Titanismo (v.) que se expresa en un «Streben» sin niedida ni freno del deseo y de la voluntad. Es, sobre todo, la rebelión del espíritu contra la materia, de la vo­luntad contra el azar, y encierra una visión pesimista de la vida. Kleist había escrito en una carta: «sentí entonces como si mi exis­tencia dependiera del reloj que llevo en el bolsillo». ¿Tan fuerte es, pues, el poder del azar, que incluso Guiscardo, el hombre a quien su genio militar designara para la conquista de un imperio, debe someterse al capricho del azar, como el más humilde de sus soldados? En la respuesta afirmativa a esta pregunta reside la profunda tragedia de ese personaje que, tras haber intentado en vano ocultarse a sí mismo y a su pue­blo la mortal enfermedad, exclama exas­perado: «Y aunque fuera la peste, podéis estar seguros de que ella misma enfermaría al roer estos huesos míos».

La figura de Guiscardo, esculpida en esta actitud de trágica rebelión a su destino, con todas las fuerzas del espíritu, que no quiere doble­garse, puestas en tensión para vencer la fragilidad del cuerpo, contra el cual se lanza ciegamente una invencible fuerza brutal, es de una grandiosidad incompa­rable. Y por ello mismo es lícito suponer que el poeta, consciente de que no podría mantener durante mucho tiempo una ten­sión dramática tan elevada, tuvo que re­conocer en esa misma imposibilidad el nau­fragio de su más alto sueño artístico.

R. Bottacchiari