[Robert le Diable] . Protagonista de varios poemas y composiciones dramáticas francesas de los siglos XIII y XIV, así como de un libreto de ópera que inspirado en aquéllos escribieron en el siglo XIX Scribe y Delavigne. Roberto el Diablo, cuya figura corresponde vagamente a la de un personaje histórico, ha sido definido como «el tipo ideal del bandido de la Edad Media».
Según esto existe un ideal de bandido que varía con las épocas; para la Edad Media debe ser el del hombre perdido que, al final, como Roberto, termina sus días en la penitencia y la soledad. Pero la Edad Media, que supo reducir a legendarias figuras de fantasía los símbolos del conflicto en que fundaba apasionadamente su vida y sus ideales sin hallar la paz de una resolución, no inventó sólo un bandido en el diabólico Roberto ni tampoco un santo ermitaño: su imagen, más libre y más lírica, es la de aquel «puro loeo» que, escuchando la voz de Dios, se condenó a ser él mismo durante siete años; la del hombre que está más allá de sí mismo en el bien como antes estuviera más allá de sí mismo en el mal, y que se convierte en instrumento y voluntad de Dios: la inocencia personificada.
Ninguna otra época hubiera podido crear un Roberto el Diablo; ninguna otra época hubiera consentido en admitir en un ser humano una tan profunda equivalencia entre la fuerza del bien y la del mal, entre el Diablo y Dios alternativamente dominadores de su vida, que se eleva a lo humano sólo en su voluntad de inocencia absoluta y en su locura vidente, pero disimulada. Roberto el Diablo es sin duda uno de los símbolos más icásticos de una época en la que el bien y el mal eran opuestos e iguales. Espléndida alegoría impregnada de sensual religiosidad, la vida de Roberto es una parábola que se cumple, desde la más tétrica negrura hasta el más incandescente candor, sin que ni por un solo instante la moderación o la prudencia le pongan freno.
Algo de aquel «terrible Robert le Diable, lequel fut nommé Thomme de Dieu», pasó con dulce acento a la leyenda flaubertiana de San Julián el Hospitalario para fundir en una única armonía las formas más irreductibles de la vida cuando el rostro de lo absoluto, llámese Satanás o llámese Cristo, es el rostro de Dios. Roberto el Diablo, a quien la leyenda pretendió nacido bajo un influjo infernal y luego purificado por gracia de Dios, esto es, siempre irresponsable de sí mismo, es, por lo tanto, el hombre que se pierde y se salva renunciando a poseerse, el hombre que en toda la luz y en toda la oscuridad de la vida sólo existe en Dios; pero en su voluntad de abnegación y de renunciamiento, en su capacidad de inocencia, reside toda su grandeza humana.
G. Veronesi

