Rieux

Personaje de la novela La peste (v. Obras de Camus), del escritor francés Albert Camus (1913-1960), Premio Nobel de Literatura 1957.

Una mañana, el doctor Rieux, al salir de su habitación, tropieza con una rata muerta en medio del rellano de la escalera. Es la peste. El doctor Rieux luchará cuanto pueda contra la epidemia que se abate sobre la ciudad de Orán. Rieux es un hombre cansado del mundo en que vive, y, sin embargo, inclinado hacia sus semejantes y decidido, por su parte, a re­chazar la injusticia y las concesiones. La peste es monótona. La indiferencia empie­za a invadir al doctor. Se cansa de la pie­dad porque ésta es inútil. El único alivio que Rieux encuentra en su abrumador tra­bajo es contemplar cómo su corazón se cie­rra sobre sí mismo. Así su misión se hace más fácil. Rieux no puede resignarse a la peste cuando ve la miseria y el sufrimiento que acarrea.

No cree en Dios, pero no le importa. Cree, eso sí, estar en el camino de la verdad luchando contra la creación tal como es, desgarrada por el sufrimiento, sobre todo, por el dolor de los inocentes. Rieux piensa que si él creyese en un Dios todopoderoso no se ocuparía de curar a los hombres y le dejaría a Dios ese cui­dado. El médico no sabe lo que le espera después de todo esto. Por el momento hay unos enfermos a los que hay que curar. Lo más urgente es curarlos y a ello se entrega con todas sus fuerzas. Cuando escogió el oficio de médico, Rieux lo hizo porque era una carrera como otra cualquiera, una de esas que los jóvenes eligen, acaso también porque era sumamente difícil para el hijo de un obrero, como él. Después, Rieux ha tenido que ver lo que es morir.

En se­guida se dio cuenta de que no podía acos­tumbrarse a ello. Entonces Rieux era muy joven y le parecía que su repugnancia alcanzaba al orden mismo del mundo. Aho­ra se ha vuelto más modesto. Simplemente, no se ha acostumbrado a ver morir. El buen doctor piensa que «puesto que el or­den del mundo está regido por la muerte, acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo, donde Dios está callado». Las victo­rias del doctor Rieux son siempre provisio­nales. Él lo, sabe, pero eso no es una razón para dejar de luchar. La peste para él es una interminable derrota, pero lucha con­tra ella por honradez. No se trata de he­roísmo. Se trata solamente de honradez, que es el único medio de luchar contra la peste: «No sé — confiesa Rieux — lo que es la honradez en general.

Pero en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio». La sensibilidad de Rieux, encadenada la mayor parte del tiempo, endurecida y desecada, estalla de cuando en cuando, dejándole entregado a emociones que no puede dominar. Su única defensa es encerrarse en ese endurecimiento, apretar el nudo que se ha formado dentro de él. Sabe con cer­teza que ésta es la única manera de con­tinuar en su cometido, luchando en favor de los hombres: «es su salud lo que me interesa, su salud, ante todo». Rieux no tiene afición al heroísmo ni a la santidad; lo que le interesa es ser hombre. Rieux pierde a su amigo Tarrou y al día siguien­te recibe la noticia de la muerte de su mujer que, inmediatamente antes de la epidemia, se había dirigido a Suiza.

Su dolor llora en silencio. Recibe la noticia con calma. Ya se lo esperaba, pero sin em­bargo es difícil de soportar. En su sufri­miento no hay sorpresa. Desde hacía me­ses era el mismo dolor el que continuaba. Rieux sabe que el amor no. es nunca lo suficientemente fuerte para encontrar su propia expresión. Mientras, la epidemia ce­de y las estadísticas de mortalidad bajan. Se abren las puertas de la ciudad, acaban las separaciones. Pero la victoria no es definitiva; es tan sólo provisional, momen­tánea. Oyendo los gritos de alegría que suben de la ciudad, Rieux tiene presente que esta alegría está siempre amenazada, pues él sabe que esta muchedumbre di­chosa ignora lo que se puede leer en los libros: «que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás; que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa; que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para des­gracia y enseñanza de los hombres, des­pierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa».

J. M.a Pandolfi