Personaje de la Crónica del Caballero Cifar (v. Caballero Cifar), obra anónima española del siglo XIV. Más que aceptar de una tradición o de una convención su papel de escudero astuto y mordaz, moderador de los ímpetus del caballero Cifar (v.), Ribaldo define su tipo por medio de una prudencia que se expresa en máximas y proverbios y que no pierde jamás de vista las cosas de este mundo. «Andad con Dios — contesta —, que nunca sería más que un necio si de nada me valiera la experiencia».
Ribaldo quiere, pues, ir en busca de esta experiencia y para ello se une al caballero a quien casualmente encuentra en un convento, a pesar de que sabe que «no todo habrán de ser mieles»; pero la fuerza e inteligencia de aquél son tales que todas sus aventuras terminan en victorias. Al principio, casi se diría que las cosas le salen al encuentro modelándose y realizándose según una solución de antemano prevista, de tal modo que el mismo éxito pierde sabor, pero a medida que el viaje se prolonga, las invenciones van siendo cada vez más sorprendentes, como son cada vez más maravillosos los inesperados recursos gracias a los cuales el personaje sale ileso de los más singulares encuentros.
Así, por ejemplo, ocurre en la aventura de los nabos, llena de gozoso brío, en la que el juego de frases y réplicas alcanza tal autonomía y autoridad que el personaje de Ribaldo se eleva hasta una altura comparable a la del famoso Bertoldo (v.) italiano. En efecto, se mueve como éste, y como él parece querer continuar donde el libro termina, e insistir en sus sentencias y enseñarlas amablemente; análogo a Renart (v.) y a Morgante (v.), parece más fácil y plebeyo que éstos, y realmente lo es, pero hay que añadir también que a menudo resulta más afable y verosímil, hasta el punto de que a veces creeríamos encontrarle entre nuestros contemporáneos.
Remoto predecesor del inefable Sancho Panza (v.), Ribaldo inaugura el tipo glorioso del Pícaro (v.) y si es inferior a él por lo absoluto de su construcción, a pesar de que nada tiene de alusivo, ni siquiera como resultado, su agudeza y la limpidez de su carácter le confieren una lozanía popular inmarcesible.
G. Testori

