Rebeca

[Ribhqāh]. La esposa de Isaac (v.), el segundo de los grandes patriar­cas, es una de las más inefables criaturas femeninas de la Biblia (v.) y tal vez el símbolo más puro e ideal del eterno feme­nino en el libro santo.

Sin embargo, sólo aparece unos momentos: el tiempo sufi­ciente para que su figura se destaque en el arco de la puerta de Harran, sobre el vasto marco de la infinita llanura mesopotámica estremecida por las luces del ocaso, y para avanzar con la soñadora danza de su paso hacia la fuente de la que sacará, como verdadera hada fabulosa, con gestos de una dignidad y de una naturalidad des­lumbradoras, un agua mágica y prodigiosa. Pero aquellos escasos instantes son tan lu­minosos, en su concentrada potencia, que suscitan una definitiva sugestión de gracia y de suavidad inolvidables.

Y bastan para que el episodio entero en que está engar­zada su aparición se transfigure en alusio­nes simbólicas: la suntuosa caravana, que dejó la pequeña tierra de Canaán, serpen­teando, a la vez perezosa e impaciente, a lo largo de las sinuosas pistas del desierto hacia la inmensa y casi legendaria Meso­potamia, como personificación del sueño y del deseo que se aventuran hacia las tie­rras encantadas de la felicidad de amor, y la ignorante muchacha que repite en la fuente el humilde gesto cotidiano de su doméstico quehacer, rica sin saberlo del más irresistible hechizo, y el de su amor mismo. Por ello, Rebeca, que de ese au­téntico fresco bíblico pasa a erigirse en un símbolo tan ideal, no podía ser llevada nuevamente por el narrador a la humilde y casi trivial anécdota de la existencia que la esperaba al lado de Isaac. De aquí la simple alusión del Génesis (v.) a su mater­nidad y el absoluto silencio sobre su muer­te.

Rebeca debía permanecer permanente­mente viva en el hechizo de aquel idílico encuentro con el siervo de Abraham, junto a la fuente de Harran, como encarnación de la gracia inconsútil de la juventud y del amor.

C. Falconi