Prometeo

Uno de los per­sonajes más universales del mito griego, Prometeo no es propiamente un hombre, sino un semidiós, fundador ideal de la raza humana: si queremos precisar su po­sición con referencias bíblicas, deberemos situarle casi a medio camino entre el Ar­cángel, instrumento de la potencia divina (que podrá convertirse en un rebelde, a modo de Lucifer), y Adán (v.), el primer hombre, castigado por Dios por haber que­rido gustar del fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal.

La diferencia fundamental consiste en que Prometeo es a la vez creador del género humano. Hijo de Jafet y de Climene, según Hesíodo (v. Los trabajos y los dias y La Teogonia), o de Jafet y Temis, según afirma Esquilo en su Prometeo encadenado (v. Prometeo), Prometeo, de acuerdo con Zeus, crea al hombre, formándolo de arcilla, pero, mien­tras Zeus quisiera que la raza humana per­maneciera esclava, carente de toda inven­tiva y de todo poder, Prometeo, desobede­ciendo al dios, da a los hombres el fuego, germen de toda civilización, robándolo al carro del Sol; y cuando el rey de los dioses le envía a Pandora, la primera mujer, de cuerpo perfecto pero portadora de una caja en la que se encierran todos los males, para debilitar con los vicios a los hombres, Prometeo desconfía de ella y sólo su her­mano Epimeteo abre la caja fatal.

Para triunfar de Prometeo, Zeus debe recurrir a la violencia y encadenarle a una roca del Cáucaso, donde un buitre le devorará eternamente las entrañas. Pero, aunque prisionero, Prometeo no cede; Zeus le teme porque sabe que solo él podrá explicarle el sentido de un vaticinio de las Parcas según el cual Zeus está amenazado de per­der el poder a manos de un hijo que ha­brá de nacerle. En vano Zeus intenta por mil modos lograr que Prometeo le descifre el enigma, hasta que finalmente, vencido por su constancia, tiene que permitir que Hércules (v.) le dé la libertad. El sentido de este mito, cuyos indefinidos contornos pueden ampliarse y enriquecerse según las necesidades de la fantasía humana, no se presta a una interpretación precisa, y ello mismo convierte a Prometeo en un perso­naje de misterioso alcance.

Prometeo es el protector de los hombres, la encarnación de su genio inventivo y de sus ilimitadas posibilidades especulativas. En secreta opo­sición con la divinidad, Prometeo no busca propiamente la «sabiduría», porque en rigor es más sabio que Zeus, ya que puede profetizarle su fin, sino que se esfuerza por hallar el modo de valerse de su sabiduría para alcanzar la esencia misma de lo di­vino y de lo eterno, esto es, el dominio del mundo del espíritu, tal y corp. lo simbo­liza el fuego. Por ello Prometeo no es un hombre, sino sencillamente la expresión universal del genio humano que, jamás contento con los resultados obtenidos, pro­gresa continuamente de conquista en con­quista, agitándose y luchando contra los límites impuestos por el tiránico Hado.

Así, vive entre el cielo y la tierra en una re­gión cuyo único habitante es él; fácilmente se eleva por encima de lo contingente, pero no logra jamás conquistar lo absoluto, ya que está sometido a la íntima contradicción de la naturaleza humana de la que parti­cipa. Por ello es fatalmente rebelde y re­úne en sí toda la majestad de una rebelión que jamás podrá ser vencida, por cuanto es la manifestación esencial de la libertad del espíritu humano, pero que tampoco será jamás vencedora, ya que no puede infrin­gir ni modificar el orden de las cosas, a pesar de que lo llega a comprender. Oscura en su misteriosa grandeza, la figura de Prometeo es admirada, pero incomprendida durante siglos, aunque el ideal que repre­senta pase a animar otras creaciones poé­ticas : de inspiración prometeica son, en efecto, el Capaneo, y más aún el Ulises (v.) de Dante, y el Satanás o Lucifer (v.) de los poetas cristianos, desde Milton a Byron, o el Fausto (v.) de Goethe.

M. Bonfantini