[Prinz Zerbino]. El título de esta sátira teatral que Ludwig Tieck (1773-1853) escribió entre 1796 y 1798 y dedicó a su hermano el escultor Friedrich, es bastante más largo: el nombre del príncipe va seguido de una equivalencia, «o viaje hacia el Buen Gusto» y acompañado de un subtítulo: «en cierto sentido, continuación del Gato con botas» (v.).
Zerbino es un muchacho algo soñador, una especie de Hamlet (v.) grotesco y, entre las manos de tantos sabios, médicos, políticos y aun magos que aparecen en la complicada trama y en la que unánimemente se reconoce a los «enciclopedistas», está destinado a terminar mal, porque — inútil es decirlo — el viaje hacia el «Buen Gusto» ideal es un fracaso desde el principio. En efecto, Zerbino va a parar entre personas raras que están trabajando al «gusto» del público: molineros que «muelen» toda clase—de grano «intelectual» para amasar el «pan» de la gente común (evidente sátira de los vulgarizadores).
El pobre príncipe, así como su fiel servidor Néstor, no tiene mejor suerte cuando se enfrenta con los númenes del paraíso poético que, en virtud de una extraña aventura, logra visitar: desde Sófocles y Dante hasta Shakespeare y Cervantes, se encuentra con una serie de ilustres personajes que desfilan uno tras otro, no para examinarle sino con la intención de ayudarle, siempre en vano. Finalmente Zerbino regresa a la casa paterna, sin haber encontrado el «Buen Gusto», y entonces es presa de una especie de locura: pretende subvertir todo el espectáculo, no se resigna a sufrir la suerte que el autor le ha destinado y empieza a echarlo todo a rodar.
Es decir, con un procedimiento ya empleado en el Gato con botas pero aquí llevado hasta sus últimas consecuencias, el autor, y aun el crítico, entran en escena y el primero llega incluso a sostener una violenta lucha con su protagonista, hasta que logra inmovilizarle y obligarle a que termine la representación. La superposición de la ficción a la realidad es continua, de modo que en el cuarto acto uno de los personajes exclama: « ¡Oh destino benigno, déjame terminar al menos mi papel, y verás que en el quinto acto seré otro hombre!» Zerbino no es un personaje, cómico o dramático, que se perfile con particular relieve en toda esa larguísima aventura, recargada, por lo demás, con un idilio y una aventura amorosa que nada tienen que ver con la acción principal; es una marioneta, rica en ingeniosas réplicas e incluso divertida, pero carente de vitalidad duradera desde el punto de vista escénico.
Está demasiado ligado a la sátira — es un personaje más, al que un habilísimo escritor sabe hacer mover con desenvoltura —, pero en el teatro, cuando no se logra que la ironía zahiera a un aspecto eterno de la humanidad, se corre el riesgo de quedar vinculado a una época, a un período histórico, o a lo sumo, a la polémica de una generación. Ello no impide que el príncipe, en busca del «Buen Gusto», juntamente con la divertida muchedumbre de los personajes que le rodean, no llegue a adquirir en determinadas condiciones una especie de «actualidad propia», como acontece por ejemplo si una escritora del empuje de Ricarda Huch llega a sentirse presa de la «delicada embriaguez espiritual» que la obra de Tieck puede todavía llegar a despertar en quien sepa leerla con discernimiento e íntima participación. Pero en todo caso, no pasará de ser una embriaguez breve, aunque agradable.
R. Paoli

