Príamo

Hijo de Laomedonte y rey de Troya en la Ilíada (v.). Su nom­bre no es de origen griego, y su poder personal (Troya es llamada «el castillo de Príamo») y su poligamia (no todos sus cincuenta hijos lo son también de Hécuba, v.), hacen pensar en los reyes orientales.

Pero su leyenda era antigua y familiar a todos los griegos: en la Ilíada, ya anciano, no combate nunca, pero su lanza es cali­ficada de gloriosa, sin duda en recuerdo de pasadas empresas. Príamo es uno de aquellos personajes que censuran la guerra y su causa, pero que mueren durante ella; son aquellos a quienes Homero considera con más simpatía y retrata con mayor ver­dad humana. De carácter nada duro, se muestra afectuoso incluso con Elena (v.), a quien llama «querida hija», y es a su vez respetado por los mismos enemigos y por muchos de los dioses, por su pruden­cia y por sus dotes morales.

Homero le presenta en algunos rápidos episodios como rey justo, adversario leal de los griegos y padre afectuoso, preparando así a grandes rasgos el carácter que demostrará poseer en la escena conclusiva del poema, su vi­sita a Aquiles (v.). En determinado mo­mento Príamo prevé su muerte y el final de los suyos, en uno de aquellos presentimientos lúcidos pero resignados que Ho­mero gusta de atribuir a las figuras más nobles de la Ilíada. Esa certeza es la que al final hace posible la comprensión entre Príamo y Aquiles, cuando el anciano ve en el matador de su hijo, próximo a su vez a morir, la imagen del propio Héctor (v.), mientras a Aquiles el llanto de Príamo le hace pensar en el luto que pronto afligirá a su propio padre, Peleo.

Para los funerales de Héctor se concierta una tregua dé doce días, tras la cual habrá de reanu­darse la guerra, pero la paz entre Príamo y Aquiles tiene el valor de un pacto defi­nitivo: para ellos, como para Patroclo (v.) y para Héctor, la guerra ha terminado. Ahora reconocen que no tienen motivo para odiarse ni combatirse, y afirman solemne­mente la solidaridad de todos los vencidos. Del llanto en común se pasa a la com­prensión recíproca y a la admiración: «y llevados uno y otro por el recuerdo, el uno, pensando en Héctor, matador de hé­roes, sollozaba a los pies de Aquiles, mien­tras Aquiles lloraba ora por su padre, ora por Patroclo, y las lamentaciones de am­bos resonaban por toda la casa». Y más tarde «el dardánida Príamo admiraba a Aquiles por su estatura y por su aspecto semejante al de un dios, y Aquiles admi­raba al dardánida Príamo al contemplar su noble figura y escuchar su voz».

A la solidaridad de los vencidos se opone la soberbia feroz de los jefes: Aquiles está con Príamo, pero los griegos permanecen ajenos a la escena de su compasión. Así lo advierte un dios a Príamo: «Tú descuidas el peligro, y duermes en medio de los ene­migos, porque Aquiles te respetó; has res­catado a tu hijo y has dado mucho por él, mas para volver a tenerte con vida darían tres veces más los hijos que te quedan, si te descubriese Agamenón o te descubriesen todos los aqueos». Estas palabras son la última alusión a Agamenón (v.) y a los futuros vencedores, por cuanto todo el fi­nal de la Ilíada está dedicado a los muer­tos y a las personas por ellos queridas y que habrán de morir, las cuales se convier­ten en exclusivas protagonistas de la ac­ción.

La caída de Troya queda fuera del relato, porque la continuación de la guerra no tiene interés; el drama se acaba aquí, en el llanto y en la espera de la muerte, mien­tras se preparan la venganza, las matanzas y el egoísmo de los vencedores, extraños a la poesía de Aquiles, de Héctor y de Príamo. Otros poetas, más tarde, habrán de narrar la muerte de Príamo a manos de Neoptolemo (v.), junto al altar de Zeus. La versión más conocida y más poética que de ella se conserva es la de la Eneida (v.) de Virgilio.

F. Codino