Porcia

Personaje y, hasta cierto pun­to, protagonista de El mercader de Venecia (v.), drama de William Shakespeare (1564- 1616), Porcia es sobre todo un personaje teatral^ creado para la escena según una tradición italiana que empezaba ya a afir­marse.

Disfrazada de juez, resuelve rápi­damente un embrollo que amenazaba dege­nerar en tragedia: solicitada por varios pretendientes, se burla de ellos con una agudeza tal vez excesiva, para dar su co­razón al hombre amado; su ambiente na­tural es la escena y diríase que su vida necesita un público. Y su feliz capacidad de transformarse parece una anticipación del tipo de «camarera», que en los siglos XVII y XVIII habrá de triunfar en ese juego. Pero, si ello justifica ciertas actitu­des suyas casi de farsa en las que surge la actriz, también hay en Porcia toda la rea­lidad de una mujer; y en esa su doble vida, la una exterior y la otra viva y con­movida en lo más íntimo de su ser, con­siste su verdadero encanto y aquella co­quetería que ha desorientado a algunos críticos.

Como mujer, Porcia es completa hasta poder erigirse en tipo universal de femineidad: es una cumplida dama del Renacimiento que se siente rodeada del deseo de los hombres y se deja rozar por él como una reina de las abejas, concedien­do su amor al apuesto y galante Bassanio, uno de aquellos tipos que gustan a las mujeres pero no agradan a los hombres, como un zángano en el que recae, después de examen, la elección real. Aventura ele­mentalmente sexual, pero conducida con la refinada clarividencia y la limpidez de es­píritu de una mujer humanista. «Vos me veis, noble Bassanio — dice —, tal cual soy.

Y aunque por mi cuenta no tendría el menor deseo de querer ser mejor, por vos quisiera triplicarme veinte veces a mí mis­ma, ser^ mil veces más bella, diez mil veces más rica y, sólo para subir más alto en vuestra estima, quisiera poder sobrepa­sar en virtud, en belleza, en bienes y en amigos toda otra estima; pero la suma total de mí es una suma… de poco; para decirlo aproximadamente, no soy más que una muchacha sin instrucción, ni cultura, ni experiencia, afortunada porque no soy tan vieja que no tenga la posibilidad de instruirme, más afortunada aún porque no nací tan necia como para no poder apren­der y afortunadísima sobre todo porque mi espíritu se confía dócilmente en el vuestro para que me guiéis como mi señor, mi tutor y mi rey».

Al lado de tanta cla­ridad y de tanta dignidad, sus aptitudes transformistas de «camarera» no desen­tonan, sino que vienen a añadir un nuevo hechizo agudo y penetrante a su figura, he­chizo que aumenta con el despertar del amor, que a ratos mitiga y vela lánguida­mente su decidido temperamento. «En ver­dad, Nerissa — dice Porcia a su criada, sus­pirando con coquetona ternura por sí mis­ma—, mi pequeño cuerpo está cansado de este mundo tan grande».

M. Praz