Pocahontas

Personaje histórico (1595- 1617), hija del jefe indio norteamericano Powhatan. Gracias al relato probablemente apócrifo del capitán John Smith, en su Historia general de Virginia (1624), Poca­hontas pasó a ser una de las figuras más populares de la mitología americana.

En el relato de Smith, la bella muchacha sal­va la vida a Smith, jefe de los coloniza­dores de Jamestown, arrojándose sobre él en el preciso momento en que el hacha del verdugo está a punto de cortarle la cabeza, y persuadiendo con su interven­ción a su padre Powhatan de que suspenda la ejecución. Más tarde, esa princesa se casó con otro de los colonizadores blancos, John Rolfe, a quien en 1616 acompañó a Inglaterra. La Pocahontas de la mitología se convirtió en la heroína de numerosos dramas del teatro americano; un «género» iniciado por la Pocahontas (1808) de James N. Barker, culminó en 1855 en una farsa, Pocahontas o La salvaje gentil, de John Brougham. Pero la heroína no ha desapa­recido totalmente de los libros de texto y de literatura para niños.

Su importancia de personaje consiste sencillamente en su valor como convención literaria, de ima­gen que flota y vaga por la mente. Poca­hontas es el prototipo de las sucesivas mu­chachas indias creadas por la fantasía li­teraria y cinematográfica, enamoradas de hombres blancos o amadas por ellos: be­llas, amables y tímidas, pero capaces de heroicos sacrificios que unen su intacta fascinación de salvajes a la caridad de una hipotética cristiana. Pero la personalidad de Pocahontas no está a la altura de su po­sición moral y física, definida por los pri­meros grabados al boj, en los que el sen­tido creador americano precisó su imagen: la posición en que intervenía arriesgando su vida por salvar la de Smith.

Como las actitudes morales y físicas tomadas en la mentalidad europea, hasta el siglo XX, por los personajes de la novela caballeresca, también la de Pocahontas, al arrojarse en­tre el verdugo y su víctima, entra, para los americanos, en un vasto repertorio de «mo­delos clásicos» al que automáticamente re­curren el cuerpo o el espíritu cada vez que «no saben en qué árbol ahorcarse».

S. Geist