[Poor Richard]. Es una de las numerosas «personae», o máscaras públicas, usadas por Benjamín Franklin (1706-1790), que atribuye al Pobre Ricardo la paternidad del Almanaque de su nombre (v.).
El presunto personaje, que se llama Richard Saunders, es un viejo «yanqui» provinciano de variable humor, un filósofo rústico con sus puntas y ribetes de misoginismo, que, con gran desesperación de su esposa Bridget, se pasa el tiempo entre polvorientos libros y cálculos astrológicos, en lugar de ganar dinero para sostener a su familia. Para conciliar sus aficiones con esa necesidad, Ricardo decide editar un almanaque, en cuyo prefacio anual el presunto editor habla por su cuenta, a la par que anima los márgenes de su texto con «migajas recogidas de la mesa de la sabiduría», bajo la forma de máximas o proverbios.
Algunas de ellas propugnan una sagaz y casera doctrina provinciana de prudencia calculadora — «industriosidad y frugalidad, los medios de procurarse la riqueza y asegurarse con ello la virtud» —, y con estas características la tradición popular identifica el nombre del Pobre Ricardo. Pero muchas otras se distinguen por un eclecticismo cosmopolita tan ajeno al segundo Pobre Ricardo como al primero. En efecto, en general, la figura del Pobre Ricardo no es más que ‘una vacía máscara convencional a través-de cuya boca, inmovilizada en una amable sonrisa yanqui, Franklin recita una antología de adagios tomados o inspirados en las tradiciones orales y literarias europeas. La mayor parte de ellos — ya que los originales son minoría — derivan de fuentes diversas como Rabelais, Cervantes y Swift; bajo la pluma de Franklin adquieren una elegancia pulida, sobria y «funcional», que ya en el siglo XVIII era él signo distintivo de la producción americana.
Estos fragmentos emigrados de la civilización de Europa y trasladados al «caldero» del Pobre Ricardo, toman rápidamente un aspecto que, a los ojos europeos, los delata como americanos sin posibilidad de duda. Y precisamente como agente de ese curioso proceso de «americanización», el Pobre Ricardo es una figura simbólica más que puramente convencional o pintoresca. Efectivamente, sus sentencias están desarraigadas de su terreno nativo, donde, en un vigoroso desarrollo de evolucionadas formas culturales — historia, mitología, folklore, superstición, religión y arte—, y en cuanto por sí mismas forman parte de esa floración, traducen en palabras un primordial conocimiento humano: el conocimiento carnal que el campesino tiene de la tierra en sus manos y del oro en su bolsillo, de las bestias y de sus compañeros, de sus alimentos y bebidas o de la necesidad que de ellos pueda tener, en una palabra, de la realidad inevitable de su vida.
Al ser trasladadas — pero no trasplantadas — a otro mundo, esas ideas salen de la oscuridad de sus orígenes culturales a la clara luz del día americano, perdiendo, al igual que los emigrantes, sus características raciales, purificándose del fango primigenio que llevaban pegado a sus raíces, y «liberándose» en un infinito espacio vacío. Con ello dejan de ser expresiones de la intimidad táctil del hombre con su vida para convertirse, por un lado, en juguetes con los que el Pobre Ricardo pueda distraerse, como más tarde harán los anónimos editores del «Reader’s Digest», y por otro, en «piezas disponibles» en un sistema de maniobras tácticas para evitar todo contacto directo, sensual o moral, con la substancia de la experiencia humana.
El genio de la técnica, gracias al cual Franklin llegó a ser maestro en varias ciencias, como lo fue en administración pública y en diplomacia, se aplica, a través de la máscara del Pobre Ricardo, a la conducta humana; y palabras que habían sido expresiones de vida vivida se convierten en preceptos para someter la vida a la autoridad exclusiva de la voluntad.
S. Geist

