Pinocho

[Pinocchio]. Protagonista de la novela infantil de su nombre (v.) de Collodi (pseudónimo de Cario Lorenzini, 1826-1890).

El primero que debió de quedar sorprendido, y quizás incluso contrariado, por la excepcional vitalidad del personaje que había puesto en el mundo fue segura­mente el propio Collodi, a quien, por lo menos dos veces en el curso del relato, le falló el golpe de «sacarlo de él», haciéndole morir o convirtiéndole prematuramente en un niño de veras (solución que, en el fon­do, equivale a la anterior). Pero una y otra vez el personaje, más vital de lo que había creído el autor, forzó a éste la mano, obligándole a reanudar con renovado estro su relato. Relato que está constituido, si bien se mira, por una ininterrumpida serie de desdichas.

Asesinos, gendarmes, jueces, intrigantes, amos de corazón duro y mora­listas implacables bajo apariencia animal (Grillo hablador, Cangrejo resfriado, Papa­gayo del Campo de los milagros, Mirlo blanco, Luciérnaga camarera, Marmota del piso de encima, etc.) parecen haberse con­jurado para hacerle imposible la vida. No hay desgracia, susto, mortificación, sermón, ludibrio de la suerte ni dolor auténtico que no caiga sobre él. Empieza quemándose los pies en el brasero, está a punto de ser arrojado al fuego para acabar de asar el carnero de la cena de Comefuego y cuan­do el comprador de Pinocho, bajo su aspec­to de borriquillo cojo, le ve reaparecer a flor de agua convertido de nuevo en moni­gote de madera, inmediatamente piensa en revenderlo «a peso de leña para encender el fuego en la chimenea»; varias veces está a punto de ahogarse; cuando le roban las cinco monedas de oro, es él quien va a parar a la cárcel; más tarde, el Pescador Verde le tiene ya enharinado para echarle en la sartén e incluso una vez el desdichado se ve a punto de ser metido en un ataúd y debidamente enterrado.

Lo cierto es que en el singular personaje de Collodi hay una crudeza, casi una crueldad que los niños no advierten. Y probablemente han sido la sal y la pimienta de ese filón lo que ha preservado a la obra de la usura del tiem­po. Una vez entrados en el espíritu del libro, es tan fácil intuir y seguir el juego secreto y contradictorio del personaje que muchos, al llegar al despertar final en un «cuartito amueblado» donde Pinocho salta de la cama y al mirarse al espejo ve la imagen de un apuesto muchacho de cabe­llos castaños y ojos azules, sienten urgente necesidad de volver a empezar, en el punto en que el monigote, apenas tiene manos, arranca la peluca a Pepito y, apenas tiene pies, le suelta un puntapié en la nariz.

La moraleja del libro es la que formula el Hada en el capítulo XXV: «De los mucha­chos de buen corazón, por muy traviesos y malcriados que sean, siempre puede es­perarse algo»; pero lo cierto es que por poco que Collodi hubiese acentuado los aspectos buenos de Pinocho el libro no hu­biera encontrado entre los niños el vastí­simo consenso que halló. La impertinen­cia y la terquedad que resurgen siempre, aun de las situaciones más patéticas y de­sastrosas, son la nota más destacada del re­lato y del personaje. Si prescindimos del Hada en sus distintas apariciones, en el li­bro no hay mujeres; pero incluso la pri­mera aparición, bajo la figura de la Niña muerta asomada a la ventana en espera del féretro que debe llevársela, dista mucho de endulzar femeninamente el sabor más bien crudo de la obra. Pinocho no es un libro iluminado y confortado por la Fe.

El único que una vez da las gracias a la Provi­dencia es aquel monstruo casi mitológico del Pescador Verde, cuando saca la red donde todavía rebulle el pobre monigote. Y la única santa repetidamente invocada en esa pequeña epopeya de desventuras es la Paciencia. Palabra siempre acompañada por un profundo suspiro. Y a pesar de todo, es la única palabra-fuerza que sale de la boca del pobre monigote sobre cuyo pe­queño cuerpo de madera pesan tantas des­venturas.

A. Baldini