[The Playboy of the Western World]. Protagonista de la comedia de este nombre (v.), del dramaturgo irlandés John Millington Synge (1871- 1909).
Con tal apodo, aparece Christopher Mahon en el momento épico de su historia en que, reflejada por los demás su propia imagen, de la que la ocasión, la fantasía y los complejos y reflejos psicológicos han dado un primer esbozo, se apasiona por ella y trata de igualarla, exaltándose en la contemplación de su nuevo yo, tan distinto de cualquier realidad precedente. Campesino necio y holgazán, Christy, a consecuencia de un altercado, ha dejado tendido en el suelo a su padre de un golpe de azada, y, atemorizado ante los posibles efectos del hecho, se ha lanzado a vagabundear por la isla.
Pero, cobijado en un mesón, en el momento de hacer confidencias y de intentar que se acepte cuanto lleva dentro, su vida de miseria y de fracasos y aun su mismo horror al delito adquieren dimensiones distintas; invadido por el orgullo de ser el autor de una acción tan fuera de lo común, cede súbitamente al fácil halago de sentirse finalmente alguien ante los ojos del mundo, y empieza a jactarse de la importancia y riqueza de su familia y de la tremenda bravura de su acto. Y tanto llega a identificarse con esta embriaguez transfiguradora que, al oírle, los clientes y lugareños sienten por él espanto y admiración, y el mesonero le toma como criado para que ayude a su hija Pageen, que olvida a su prometido en favor de Christy.
Arrebatado éste por una especie de soplo heroico, aligerado de todas las trabas por una fuerza exultante y ya «liberado», llega realmente a coincidir con el papel que las aclamaciones de los demás le atribuyen: derrota en las competiciones deportivas a todos sus rivales y pide a Pageen que se case con él. Y cuando inesperadamente reaparece su padre, Mahon, a quien el golpe de azada apenas había despellejado la coronilla, y amenaza al hijo en términos de mofa y desprecio, el único sistema que halla Christy para soportar la contrariedad y tratar de mantener su prestigio frente a los espectadores, quienes, sintiéndose burlados y traicionados, empiezan ya a rebelarse contra el embaucador, es el de ir siguiendo hasta el extremo una línea perfectamente coherente con el «montaje» en que tan bien se ha encuadrado — «con la fuerza de esta mentira me habéis convertido hoy en un hombre terrible» — y, cogiendo una azada, propinar un nuevo y violento golpe a la cabeza de su padre.
Sin embargo, su público, que había escuchado con agrado y apasionamiento el relato de las pretéritas hazañas, experimenta, frente a la realidad, repugnancia y horror, y, mudando instantáneamente de sentimientos, arremete contra el píllete. Reaparecido, empero, el viejo Mahon, a quien tampoco ese nuevo golpe de azada ocasionara excesivo daño, Christy se ve libre y parte con él. Pero esta vez ha aprendido la lección, y ahora irá narrando patrañas y dándoselas de señor. Se ha calificado a este retrato de satírico — interpretándolo como sátira del irlandés típico, la noche del estreno, en Dublín, los espectadores exteriorizaron ruidosamente su desagrado —, y con todo, se trata de una crítica muy graciosa y fruto más bien del afecto que de la burla.
Christy es un carácter «enormemente» humano — hay en él una mescolanza de cualidades que, aunque puedan parecer contradictorias, son, en realidad, complementos de su carácter. Muy próximo a su fundamental carencia de confianza en sí mismo se halla un tenaz deseo de ser mejor de lo que es; el éxito hincha fácilmente su orgullo, pero, tras el fracaso, aparecen más evidentes que nunca la compasión de sí mismo y su debilidad. El destello de valor que le impulsa no es más que la fuerza de la desesperación. Con todo, resulta un personaje simpático. Una de las expresiones de su padre es verdaderamente reveladora: « ¿Acaso todos los pecados del mundo no son cometidos por semejantes tuyos?» Es posible que sea esta debilidad, esencial en la humanidad, la causa de que aparezca tan viva la figura del «Píllete del Oeste».
M. Dodderidge

