Pier Della Vigna

En este pasaje de la Divina Comedia (v.) («Infierno», canto XIII) domina la visión de una selva pa­vorosa, inmersa en una atmósfera de irrea­lidad y recorrida por frenéticos movimien­tos.

Más que el tema de Pier della Vigna, es importante otro motivo, el de la selva misma: terrorífico paisaje y cacería feroz. El canto se inicia con unas notas de arisca soledad: he aquí, no marcado por sendero alguno, un bosque «extraño»: «No había en él frondas verdes, sino de color oscuro; ni ramas rectas, antes nudosas y retorcidas; ni árboles frutales, sino leños venenosos»; en él moran las tristes Harpías de anchas alas y cuello y rostro humanos y «gran vientre» cubierto de plumas.

La selva de las Harpías bulle de almas de suicidas que se hunden en el suelo para brotar en for­ma de plantas, a las que comunican movi­miento y actividad otras almas que entre ellas circulan y a veces se agarran a los árboles, torciéndolos y quebrándolos, se­guidas por perros que los despedazan con sus dientes. La tristeza mortal de aquellos condenados se expresa en el lamento: «Fui­mos hombres, y ahora henos aquí conver­tidos en troncos». El espíritu (Pier della Vigna, nacido en Capua hacia 1190, autor de cartas latinas y poeta de la escuela sici­liana que durante más de veinte años es­tuvo al servicio de Federico II como juez de la Magna Curia, protonotario y logoteta; en 1248, por ignoradas razones, cayó en desgracia, fue encarcelado y cegado, y en 1249 se suicidó por desesperación) refiere su lamentable historia. En realidad, el per­sonaje de Pier della Vigna se aviene mal con el conjunto del canto.

Sobre un paisa­je preciso y un ambiente concreto diseñado en líneas de vigorosa fantasía (la selva, los cuerpos colgados y la caza) se yuxtapone la intriga y la aventura del cortesano; en medio, entre uno y otra, queda un tabique: el ambiente no se funde con la «aventura» del personaje, no forma una sola cosa con él. Dante, por esta vez, no ha logrado «do­minar» su personaje, ni sus atributos exte­riores ni siquiera su barniz; no lo ha in­tegrado y orquestado en su contexto; por el contrario, se ha sometido a éste y ha quedado prisionero del exceso de detalles exteriores; en lugar de representar, ha fo­tografiado. Pero, una vez terminada la his­toria de Pier della Vigna, el poderoso mo­tivo de la selva «triste», escuálida y agi­tada recobra la supremacía y vuelve a do­minar dramáticamente todo el resto del canto.

P. Baldelli