Peter Pan

Protagonista de la comedia del mismo nombre de sir James Barrie (1860-1937), a la que preceden El pájaro blanco [The White Bird, 1902] y siguen Peter Pan en el parque de Kensington (v., 1906) y Peter y Wendy [Peter and Wendy, 1911].

Peter, «vestido, si así puede decirse, de hojas de otoño y de telarañas iridis­centes», es un niño, nacido, según dice ‘el autor, «del violento roce mutuo de cinco pequeños amigos, como la llama que los salvajes obtienen con dos maderos. No es otro que la chispa que ellos me dieron». Y  como la chispa, como la llama o como el fuego fatuo, Peter Pan retoza y manda, unas veces parecido a Puck (v.), otras a Jim (v.), pero más frecuentemente a Pi­nocho (v.): fanfarrón, egoísta y sediento de aventuras, aunque sin alcanzar jamás la profunda humanidad de los últimos ni la despreocupada alegría del primero.

In­constante y mudadiza como su impalpable vestido es su fantasía, que no conoce obs­táculos y le hace afirmar que para volar «basta con tener pensamientos buenos y maravillosos («lovely, wonderful thoughts») y ellos os llevan y os sostienen en medio de los aires». Y así Peter vuela, con las hadas amigas suyas y con los niños per­didos («The Lost Children»), sus humildes y fieles seguidores, dispuestos a enfrentarse a su lado, con el alma en suspenso pero seguros de la victoria, al feroz pirata Hook, a las Mermaides, a los pieles rojas y a cualquier otro peligro no menos deliciosa­mente terrible.

Pero ¿quién es Peter? Nin­guno de ellos lo sabe, y éste es precisa­mente su mayor hechizo. ¿Quién es el fas­cinador y atrevido capitán «que no tiene peso», que «no se puede tocar», que «man­da al sol», que jamás está triste, ni can­sado y que desconoce la duda? ¿Quién es ese hermoso niño de rizado cabello, de quien está enamorada una pequeña hada (Tinker Bell) y a quien una niña como todas (Wendy), que tiene una mamá que la quiere y una casa de veras, sigue con tímido amor hasta el País de Nunca Jamás (Never Land)? Ni siquiera él mismo lo sabe: «Soy la juventud, la alegría, soy un pajarito que acaba de romper la cáscara»; pero lo dice así, al azar, y tal vez no lo piensa. Finge («it is his greatest pretend»).

Finge para no morir, ya que si aceptase la realidad, la vida de todos, la casa y los afectos familiares, el trabajo y el amor — y con él el dolor — se acabaría su existencia tan irreflexiva como gene­rosa y se acabaría el valor, completamente superficial, con que pretende enfrentarse con aquella máxima prueba. Wendy y los niños perdidos vuelven felices a una fa­milia verdadera y al calor de un afecto materno: ellos no se escaparon de casa como Peter «el mismo día en que nací, porque^ oí a papá y a mamá que hablaban de qué sería cuando mayor, y yo quiero seguir siendo siempre niño y divertirme». Y Peter, en la comedia, se queda solo en el País de Nunca Jamás. Ésta es otra de sus bravatas, y lo más probable es que Peter esconda una punta de melancolía cuando toca despreocupadamente su pánico silba­to.

Peter es el gnomo que personifica la infancia aventurera e imaginativa, que no muere jamás por completo en el corazón del hombre («lo que ocurre es que al en­vejecer deja de verse»), y quien se em­peña demasiado en liberarse de ella y des­truirla dentro de sí, se expone a acabar tan dolorosamente como el pirata Hook, que, presa de la desesperación tras su des­igual lucha con el inaprensible enemigo, se ofrece voluntariamente a las ávidas fauces del cocodrilo al acecho. Era justo e inevi­table que la idea de dar cuerpo al «niño que llevamos dentro y que no sólo es capaz de estremecerse sino de llorar… al que habla a los animales, a los árboles, a las piedras, a las nubes y a las estrellas» que Pascoli se limitó a reconocer en su alma de poeta y que Wordsworth celebró en sus versos, naciese de la fantasía, algo ce­rebralmente sedienta de evasión, de un escritor británico de principios del nove­cientos, en plena era simbolista. Y sólo el escocés James Barrie podía convertirlo en aquella deliciosa figurita del más puro estilo liberty que gustó tanto a sus com­patriotas Victorianos, que les indujo a eri­girle una estatua, según los mejores cánones de la época, en los jardines de Kens­ington, en Londres.

L. Krasnik