Perla

[Pearl]. Protagonista de la no­vela La letra escarlata (v.) del escritor americano Nathaniel Hawthorne (1804- 1864). Ninguna otra criatura infantil de la imaginación americana — exceptuando, por otras razones, a Tom Sawyer (v.)—es tan espantosa, ni ninguna provoca en los ame­ricanos, por la misma razón, una repug­nancia y un odio comparables al que ésta suscita.

Nacida de la «desmesurada lozanía de una pasión culpable» — el adulterio de Ester Prynne (v.) con Dimmesdale (v.) — esa bella, perversa e indomable muchacha ejerce sobre el simbólico drama represen­tado por sus padres la tiranía de un agen­te sobrenatural, encarnando los despia­dados y destructivos principios de la vida orgánica que, para Hawthorne como para otros escritores americanos «clásicos» (v. Natty Bumppo, Billy Budd, -Queequeg y Milly Theale), gobiernan a la vez la na­turaleza física y la «historia natural» del alma humana. Ester la considera a veces como un «aéreo gnomo» y una maligna y subterránea encarnación de Satanás — co­mo, para Hawthorne, los principios de la vida orgánica deben parecer al individuo aún no reconciliado con su feroz aspereza.

El parentesco de Perla con la «barbarie» es más que metafórico: su campo de juego es la selva oscura; sus compañeros son pájaros y animales; el lobo le ofrece su cabeza para que la acaricie; un indio des­cubre en ella «una naturaleza más salvaje que la suya». Perla es un «jeroglífico vi­viente» del proceso a través del cual un acto — todo acto, aunque aquí se trate es­pecíficamente del adulterio — engendra sus propias consecuencias internas, y, con una perversidad tan feroz como suave, las im­pone al agente sin consideración alguna por la razón, la lógica, la conveniencia, las convenciones, las leyes, las pretensiones públicas o privadas y aun los más extre­mados esfuerzos de la voluntad humana.

Perla «registra» la verdad o falsedad de los movimientos de los demás, «verdaderos» cuando se ajustan a las leyes íntimas del alma y «falsos» cuando se alejan de ella. Cuando Dimmesdale finge ignorar su pa­ternidad, Perla, que sólo tiene tres meses, se pone a chillar; cuando Ester, esperando liberarse por un instante de la «maldición» suscitada por su acto adúltero, se arranca la «A» escarlata que es emblema de éste, Perla, enfurecida, se niega a acercarse a ella hasta que se la vuelve a poner. Pero su absoluta tiranía no se distingue del absoluto amor: un amor que va más allá de la amabilidad, de la bondad y de la piedad, y cuya función es «dar» a los pro­tagonistas la realidad de sus vidas obli­gándoles a aceptar aquella «historia natural del alma» que constituye su misma base (v. Maggie Verver).

Y Perla es la «joya» de Ester; como la letra escarlata, emblema de la «santidad» del acto adúltero en cuan­to acto de humana pasión y por ello ex­presión del alma; emblema de la moral «opulencia» de Ester en cuanto mujer (v. Zenobia); emblema de la estatura moral que Ester alcanza al aceptar las conse­cuencias de su acto. El ambiguo y múlti­ple papel de Perla completa dramáticamen­te el del diabólico brujo Chillingworth (v.): aquello que éste, tras descender a las pro­fundidades de la mente, «conoce» por el intelecto, Perla, sin conocerlo, lo «es»; así Chillingworth y ella fuerzan a los demás protagonistas a la aceptación total de sus vidas, gracias a la cual el drama se con­vierte a la vez en tragedia y en triunfo.

Pero hasta que la maldición impuesta a esos protagonistas por su «pecado original» no se ha consumado hasta el fin (v. Pyncheon), hasta que Perla no ha cumplido «su misión de mensajera de la angustia», los simbólicos personajes del drama no sur­gen de su infrahumana y mitológica oscu­ridad a la luz del día. El primer dolor humano de Perla — el dolor con que para Hawthorne «principia» simbólicamente (v. Donatello) la vida humana — es el signo de que, una vez cumplidos sus mitológicos trabajos, «crecerá en medio de la alegría y del dolor humanos y no tendrá que combatir para siempre con el mundo, sino que será mujer en él».

S. Geist