Los Periodistas

Protagonistas de la comedia del mismo nombre (v.), de Gustav Freytag (1816-1875). Son personajes de poca consistencia, que oscilan entre la farsa y el idilio.

Pero también era embrionario el periodismo por aquella época, antes de que un siglo de vida le confiriera el extraordi­nario desarrollo que en nuestros días ha adquirido; aun así, lo mismo entonces que en tiempos anteriores, como por ejemplo en la época de la Revolución francesa, las «gacetas» y sus redactores eran algo más serio y más combativo, menos melifluo y menos azucarado que esas criaturas de Freytag, redactores de «La Unión» y del «Coriolano», los periódicos rivales de una ciudad provinciana en período electoral. Incluso el hecho de que Freytag, para es­capar a la censura, no designe a los dos partidos con sus nombres y apenas se adi­vinen aquí los «liberales» y allí los «con­servadores» redunda en menoscabo de la solidez y de la vida de la comedia, redu­ciendo los debates a huecas chismorrerías, sin interés ni vigor.

Quedan, a pesar de todo, algunas figuras de periodistas, que más que tipos pueden considerarse cari­caturas: Kämpe, el redactor de los ar­tículos de fondo; Körner, que sin moverse de la redacción escribe las corresponsa­lías del extranjero, y Bellmaus, el crítico de arte. Algo más consistente es el redactor en jefe Bolz, quien, en una famosa parra­fada, fija el criterio, en realidad bastante pobre, que el público — o por lo menos los literatos puros del tipo de Freytag — tenía respecto a los periodistas de entonces: «Quien pertenece a nuestra corporación anhela pasar por escritor humorístico o por escritor de valía; lo demás no importa. Nosotros, los periodistas, nos alimentamos de los acontecimientos del día; todos los guisos que Satanás manipula para los hom­bres» nosotros debemos probarlos y sabo­rearlos hasta sus mínimos bocados.

Entre los hombres rebullen el jornalero descon­tento de todo cuanto juzga equivocado o malo, y por otra parte, una perpetua an­siedad por mil y mil cosas. También nos­otros al principio cerramos los puños, pero luego nos acostumbramos y tomamos las cosas a risa. ¿Acaso no es justo que quien trabaja en una tarea diaria acabe adaptándose a vivir al día?… Y nosotros zum­bamos como las abejas, sobrevolamos en espíritu el mundo, libamos la miel donde la encontramos, y cuando algo nos irrita clavamos nuestro aguijón. Semejante vida, evidentemente, no está hecha para produ­cir grandes hombres, pero es necesario que existan tipos de nuestra especie».

En el seno de una sociedad provinciana, conser­vadora y prudente, no es de extrañar que semejante categoría de individuos despierte cierta desconfianza. «Fume usted en buena hora — dirá una condesa a uno de sus pre­tendientes—. En el peor de los casos, con ello estropeará las alfombras. Pero ja­más coja un periódico, porque eso innega­blemente echa a perder el carácter». Y el bravo y honrado Berg, coronel retirado, vacilará largo tiempo antes de conceder su hija a un periodista, aunque se trate de un hombre culto y, por añadidura, dipu­tado. En cambio, la bella, noble y rica Ade­laida, como si presagiara los tiempos nue­vos, establecerá el enlace entre la menta­lidad retrógrada de sus compañeros de cas­ta y los representantes del naciente cuarto poder, convirtiéndose en la editora del más importante diario local y nombrando re­dactor jefe de éste al hombre a quien ama y con el que va a casarse.

B. Allason