Perceval

Wolfram von Eschenbach (c. 1170-1220), el máximo poeta alemán de la Edad Me­dia, al refundir en su Parzival (léase «Parsifal», entre 1197 y 1210) la trama del poema de Chrétien, con o sin el concurso del problemático Kyot, de cuya existencia, no obstante la contraria opinión de algunos eruditos, sigue siendo lícito dudar, hizo de su héroe, a la vez culpable e inocente como los héroes de la antigua gesta ger­mánica, el primer «Gottsucher», el primer «buscador de Dios» de la literatura alema­na.

Su ideal peregrinación se inicia en la selva de Soltane, cuando el niño formula a su madre Herzeloyde, arrepentida por haber ofendido «al supremo Dios» hacien­do matar a los pájaros que con su canto conmovían hasta las lágrimas a su hijo, la gran pregunta: «Pero dime, mamá, ¿qué es Dios?» En el momento más trágico de su vida, cuando, tras alcanzar la cumbre de la gloria terrestre, Parzival se ve de im­proviso maldito, en plena corte de Artús por Cundrie (v. Kundry), la mensajera del Graal, repite la misma pregunta: «¡Ay de mí! ¿Qué es Dios?» [«wé waz ist Got?»]. Lo que atormenta al héroe no es la duda metafísica, sino la duda de la omnipoten­cia de Dios. Si éste fuera verdaderamente el Sumo Bien y el Supremo Señor del universo, jamás hubiera permitido que se hiciera tal ultraje al caballero que, entre todos, le ha servido con la fe más sincera y más pura.

Dios no quiso o no pudo so­correrle, y de aquí el odio y la rebelión de Parzival contra la falsa divinidad, que pretende de los hombres una obediencia y un culto que sólo merecería si fuera su omnipresente socorredor y salvador en to­das sus congojas. En ese anhelo de su hé­roe por lo trascendente, Wolfram capta y representa a lo vivo el drama espiritual del germanismo, en el momento en que el renovado sentido trágico de un inevitable destino amenazaba con subvertir las bases mismas de la concepción cristiana de la vida. (Recuérdese que el Parzival es con­temporáneo de Los Nibelungos, v.).

El poe­ma de Wolfram celebra el mayor milagro de la «charitas»: el rebelde, que en su ciega soberbia se ha atrevido a desafiar la ira celeste y proclamarse enemigo de Dios, tras largo errabundeo es guiado por una mano invisible a su salvación, y un Viernes Santo, en la estación del universal rena­cer, es iluminado por el ermitaño Trevrizent, que reconoce en él a su propio so­brino, y le explica los misterios del divino amor y le enseña la «diemüete», la humil­dad, que habrá de devolverle al seno de la comunidad de los creyentes por la vir­tud redentora de la sangre vertida en el altar de la cruz, y habrá de hacerle digno de subir al solio del Graal.

Asimismo queda resuelta la oposición entre humanidad y cortesía, pues si Parzival, la primera vez que estuvo en el castillo del Graal, había acallado, ante la desgracia de Anfortas (v.), la voz de la compasión, para obedecer el consejo de Gurnemanz (v.), quien le había enseñado abstenerse de toda pre­gunta importuna, ahora, tras haber vuelto a encontrar, por mérito y por gracia, el camino de la Tierra de Muntsalvatsch, po­drá formular al dolorido rey, con plena conciencia, la pregunta que le liberará de su mal. Ni en la hora de las tinieblas el firme e invicto corazón del héroe vacila un solo instante, por cuanto siempre le ha acompañado el recuerdo de su madre y de su dulce prometida. En el Santo Reino, cuya única gran ley es el amor militante y auxiliador, el poeta ha puesto al lado del nuevo Adán, en Condwiramur, la nueva Eva, en quien revive Herzeloyde, que en gracia a su sobrehumano sufrimiento había sido colocada por Wolfram junto a la Vir­gen Madre.

Así, al final del poema, se al­canza aquel grado supremo de perfección al que aspira el alma más profunda de la época de los emperadores de la Casa de Suabia: la plena adecuación de lo humano a lo divino y de lo divino a lo humano, de lo cual es símbolo, auspicio y prenda perenne el Santo Graal, la «piedra del paraíso». Última gran obra del resurgimiento medieval romántico y del sincre­tismo religioso del siglo XIX, el Parsifal de Richard Wagner (1877) se centra, con­forme a la más antigua tradición del teatro germánico, en la escena de la tentación, en la que el «Simple», el «Puro» («der reine Tor»), clarividente, vence los hala­gos de los sentidos así como los más suti­les e insidiosos de una falsa catarsis en el recuerdo del abrazo materno.

Al sueño ro­mántico del renacimiento cósmico en el Uno-Todo, que la gran poesía y la gran música del siglo XIX habían traducido con los ritmos del canto materno, para acunar en el sueño el ansia de ese eterno niño que es el hombre moderno, le sucede el saluda­ble despertar en la conciencia del dolor universal y de la misión redentora del hom­bre, que siente la llamada de la creación, a él dirigida como a su rey y sacerdote, y, a través de las voces de las criaturas, percibe el lamento del Salvador, que aguar­da, en el destierro, la hora de su vuelta entre nosotros.

Motivos todos ellos que se entienden en su sustancial unidad y en su significado más profundo y más verdadero si se tiene presente la aventura interior del espíritu germánico desde el «Sturm und Drang» (v.) hasta nuestros días, y se re­conoce en la figura de Parsifal la antítesis de Wotan. Y aun admitiendo que, por falta de fe en lo trascendente, por lo cual la magia se confunde con el misterio y el sacramento con el símbolo, no podía pro­ducirse en la obra wagneriana una autén­tica penetración y explicación de los men­sajes de San Pablo y de San Juan, el in­menso anhelo por la pureza y la solidez de una nueva fe y de una nueva norma de vida, en contraste con la visión trágica de una incontenible decadencia de la civi­lización moderna, hace del Parsifal wagneriano el testamento espiritual, no ya de un solo hombre, sino de todo un siglo.

C. Grünanger