En la tragedia Pentesilea (v.) de Heinrich von Kleist (1777-1811), la reina de las amazonas aparece como una criatura de carácter excepcional, como una potencia mítica que con ímpetu violento anda buscando otro carácter igual al suyo, Aquiles, el más valeroso de los griegos, para unirse con él en la vida y en la muerte.
Aquiles y Pentesilea son como los polos de una fuerza única que crea y destruye a la rez. Todos los años, según refiere la pupia heroína, el pueblo de las amazonas tiene que abandonar las bellas y feraces tierras del Cáucaso para ir a medir sus fuerzas con el pueblo que sus divinidades le designan y del cual habrán de salir los jóvenes que, conducidos a Temiscira, capital del reino de las amazonas, celebrarán con éstas la fiesta de las rosas y del amor y serán luego enviados de nuevo a su país, colmados de presentes.
En efecto, entre las amazonas rige una ley de hierro: cuando un conquistador etíope profanó los tálamos de las mujeres caucásicas, Tanais, su reina, condujo a las mujeres ultrajadas a la venganza, y a partir de entonces ninguna amazona puede elegir esposo, sino que debe conquistarlo en batalla, celebrar con él la fiesta de las rosas y luego dejarle partir nuevamente. Así Pentesilea tiene que conquistar a Aquiles, que arde de amor por ella, al primer encuentro, como ella por él. La heroína encarna por lo tanto la tragedia del amor encadenado.
Porque toda la acción está dominada por su conflicto interior, determinado por la imposibilidad de seguir siendo reina de su pueblo y, al mismo tiempo, liberarse de una tradicional y rígida ley y recobrar el derecho a disponer de su corazón. Dentro de este conflicto se desatan, en desenfrenado ímpetu, todo el ardor y el furor de Péntesilea, sus esperanzas y sus desilusiones, sus fugaces alegrías y sus largos dolores a solas con su espíritu, y la explosión feroz de su pasión amorosa. Pentesilea muere sobre el cadáver de Aquiles, que a su vez ha sido despedazado por ella en el furor de aquella pasión, celebrando así el triunfo del sentimiento sobre toda ley que pretenda coartar la libertad individual, la humanidad y el destino.
En tal sentido, es fácil descubrir la íntima afinidad de la figura de Pentesilea con la Juana de Arco (v.) de Schiller, a pesar de la distinta motivación de la exultante muerte de una y otra. Juana pasa de un estado de inconsciencia a la realidad de la vida, mientras Pentesilea llega a la propia realidad desde un sueño evanescente, y la ley de la naturaleza destruye en una y en otra los efectos del error y de la locura. Todo el tormento de Pentesilea viene determinado por la necesidad imperiosa de reconocer y celebrar, a costa de su propio sacrificio, una ley nueva: la del amor y de la vida, la cual, superando los angostos límites de un mundo antinatural y tiránico, que pesa como una maldición, abre los serenos horizontes de la libertad espiritual y de la alegría humana.
La heroína puede saborear este goce, tras haber pasado por las oscuridades de la locura, en el despertar de su conciencia y en el lento deshacerse de su vida bajo el peso de un dolor demasiado grande. Entonces puede finalmente decir a las amazonas fieles que se agolpan a su alrededor: «Y ahora volved a Temiscira y sed felices, si podéis. Pero antes dejad que os diga una sola palabra, en voz baja para que nadie la oiga: aventad las cenizas de Tanais».
R. Bottacchiari

