Protagonista de la novela Pequeñeces (v.), del padre Luis Coloma (1851-1914). Como madame Tallien, que se llamaba Teresa Cabarrús y era también española, Currita o Paquita Albornoz no tiene más que una aspiración: dominar el mundo y verlo vencido a sus pies.
Para lograr este objetivo, la dama, que no es bella, antes por el contrario es flaca, pequeña y pelirroja, necesita por lo menos triunfar en las habladurías de los demás. Lo importante es que se hable de ella, que su nombre sea el que con mayor frecuencia aparezca en los chismorreos de salón, de los salones de la alta sociedad, bien entendido, ya que el resto del mundo, con su pobreza y sus miserias o con su inteligencia y sus aptitudes, no le importa en absoluto. En el fondo, le da igual que se hable de ella en bien o en mal, a condición de que se hable.
Además de ese exhibicionismo exasperado, el padre Coloma regaló a Paquita Albornoz todos los defectos de la mujer elegante e inmoral del siglo XIX. Orgullosa, cínica, protectora de sus amantes y dotada de una excepcional capacidad de disimulo y de hipocresía, Paquita no quiere a sus hijos; sólo da importancia a la religión cuando se trata de asistir a un funeral ilustre, pero deja que caiga en ruinas la capilla de su palacio, pues está convencida, igual que su marido, de que «para con Dios es suficiente alguna fineza de vez en cuando». Sin embargo, se distingue de sus semejantes de otros países— de las francesas, por ejemplo — porque, quiéralo o no, en el fondo de su alma late un respeto muy español por la divinidad.
Paquita Albornoz es capaz de todo, pero no de comulgar sin confesar antes, aunque en el fondo se halle obligada a hacerlo por la comunión de su hijo. Es la «última barrera que protege el fondo de un alma sumida en el vicio, y ésta será también su áncora de salvación. Bastará que entre de nuevo en contacto con la religión — en su desesperado esfuerzo por reconquistar una posición social que sus devaneos parecen haber, irremediablemente comprometido — para que la palabra de un sacerdote despierte en ella la antigua y casi olvidada fe de su infancia.
Cuando Paquita Albornoz llora, el camino de la salvación vuelve a abrirse ante ella; y si por el despertar de sus sentimientos renace, más agudo que nunca, su dolor por la muerte de su hijo, Paquita sabrá encontrar en su nueva vida amplias posibilidades de consuelo. Y así, incluso en su último período, seguirá conservando su primacía, porque la gente hablará de ella tanto como hablara antes, aunque sustituyendo el desdén por la admiración.
F. Díaz-Plaja

