Paquita

Alrededor de la figura de Pa­quita — trazada con menos vivacidad que otras de su mismo autor — se desarrolla toda la modesta intriga de El sí de las niñas (v.), de Leandro Fernández de Morat (1760-1828).

Exteriormente, Paquita es una de tantas «Rosauras» dóciles, sumi­sas, dulces y sentimentales, «honradas» y capaces de sacrificar el amor a la obedien­cia. Es, en una palabra, una muchacha de buena familia a la manera de, la época, timorata según los cánones jesuíticos, pero nada mística ni inclinada a encerrarse en un convento. Su voluntad nada cuenta frente a la de su madre, por mucho que difiera de ella; puede decirse que la única reacción de Paquita es un virginal pudor de sus sentimientos, que se exaspera al hallarse en contradicción con los deberes de la obediencia y, no pudiendo expresarse, prefiere ocultarse y aun someterse.

La edu­cación monástica que ha recibido le ha in­culcado con tal rigidez el culto a la auto­ridad familiar, que la menor reserva en cumplir los deseos de su madre le pare­cería culpable. Por ello pronuncia el fatal «sí» que está a punto de ligarla para siem­pre al anciano don Diego — excelente per­sona, por lo demás — y está segura de que permanecerá fiel a su palabra a pesar de que su corazón está irrevocablemente uni­do a don Carlos. En el proyecto de la ma­dre, la dinámica doña Irene, intervienen los intereses, el cálculo y la visión a larga distancia, mientras que en Paquita sólo cuenta el sentimiento. Paquita ama, pero obedece aunque sea a trueque de des­garrar su corazón.

Menos que nunca, reve­lará espontáneamente su secreto amor, y quien habrá de descubrirlo es el amado, gracias a un paciente y delicado trabajo de investigación que le permitirá darle aquella felicidad a la que ella deliberada­mente renunciaba como si se tratara de algo a que no tiene derecho. Indudable­mente, todo el mundo ama a Paquita: su madre y sus tías, los sirvientes y los se­ñores, los jóvenes y los viejos. Todos la quieren, pero cada uno a su modo (mucho más que en la intriga, Paquita vive en es­tas distintas interpretaciones, gracias a las cuales se convierte en una criatura artísti­camente interesante).

Pero el único que la quiere y la comprende es quizás el ma­duro don Diego, que siente por ella un afecto que sabe perdonar, comprender y renunciar. La comprensión de don Diego evita el drama y determina el venturoso fin. En efecto, don Diego intuye la pro­funda honradez de Paquita, aunque las apa­riencias parezcan negarla, y libera a la joven del peso agobiador de una educación antinatural que sólo le acarrearía desdi­chas. Sea como fuere, nosotros debemos felicitarnos de que Moratín, como pedagogo y reformador social, hubiera sabido dejarse vencer — aun sosteniendo una tesis — por el artista que había en él.

R. Richard