[Othello]. Personaje de la tragedia de su mismo nombre (v.) de William Shakespeare (1564-1616). Al principio aparece como un carácter nobilísimo, caballeresco, intrépido, sereno y, al mismo tiempo, nada vanidoso: un hombre de guerra rodeado por una aureola casi mística.
A Brabanzio, que le ataca con sus esbirros armados, le replica con olímpica tranquilidad de perfecto caballero: «Envainad vuestras relucientes espadas si no queréis que el rocío las empañe» (I, 2, 59). Hombre de acción, tiene fantasía de poeta: los discursos que pronuncia para justificarse ante el Senado, sus adioses a la guerra en el acto III, su monólogo en el V, la invocación a las estrellas y sus últimas palabras a Ludovico ante el cadáver de Desdémona (v.), son expresiones de un alma esclarecida; por añadidura, posee el hechizo misterioso de sus orígenes de príncipe de lejanas tierras. Yago (v.) le define admirablemente en pocas palabras: «El Moro es hombre de índole liberal y abierta, que considera honrado a todo aquel que lo parezca», y también: „«tiene un carácter noble, afable y constante».
Su amor por Desdémona no es una pasión sensual, ya que en Otelo están apaciguados los apetitos juveniles, sino una suma de devota ternura y de adoración: Desdémona es para él el puerto de la serenidad. Tampoco hay en él el menor rastro de celos, antes por el contrario, tiene en Desdémona la más absoluta confianza, y ella misma le proclama: «Hombre de mente elevada y no hecha de bajezas, como son las criaturas celosas». Dadas tales premisas, parece difícil comprender que Otelo se deje tan fácilmente tentar por Yago, y pase con tan vertiginosa rapidez de la fe en Desdémona, que tantas pruebas le ha dado de total abnegación, a la duda y a los más torturadores celos, acompañados por un feroz deseo de venganza.
¿Cómo Otelo, tan dueño de sí, puede transformarse en una estremecida fiera sedienta de sangre? Algunos críticos llegan a negar que la pasión que domina a Otelo sean los celos, y prefieren llamarlo crédulo (tal es la interpretación que hoy suele dársele en Rusia y que data ya de Pushkin); pero es difícil negar fe a sus propias palabras: «No fácilmente celoso, pero una vez excitado, violento hasta el extremo». Otros intentan explicar el súbito cambio como fruto del funesto influjo de Yago, que obra casi como un sortilegio. Yago, indudablemente, es responsable de la transformación, y la logra con pocas palabras; pero es difícil justificar psicológicamente el cambio, por cuanto las insinuaciones del calumniador son tan vulgares, vagas e infundadas que sublevarían los ánimos de una persona normal.
Otelo, en cambio, reacciona ante ellas como un toro ante la muleta, y sucumbe al más grosero engaño. Sin embargo, incluso en esa discontinuidad y en esa súbita inconsecuencia consiste su verdad, que le enlaza con aquella tradición de generosa credulidad cuyo ejemplo más famoso es el de Teseo (v.) en el Hipólito (v.) de Eurípides. El duelo entre Otelo y Yago es el duelo de la elementalidad contra la astucia, de aquello que la criatura humana, tiene de más heroico contra aquello que su razón encierra de más falso y desconfiado. En esta lucha, Otelo se comporta con trágica necedad por cuanto, en rigor, no tiene armas para reaccionar. Sólo frente a la visión de su derrota, se da cuenta de lo que ha sucedido; y sus últimas palabras no tienden a justificarle, sino más bien a poner de relieve el fatal contrasentido entre su generosidad y sus errores: «Un momento; dejad que os diga una palabra o dos antes no os marchéis.
He prestado al Estado algún servicio, y ellos lo saben. No hay para qué insistir. Pero os ruego que en vuestras cartas, cuando relatéis esos desdichados actos, habléis de mí según yo soy; sin atenuar nada ni rebajarme en ningún punto con malicia; entonces deberéis hablar de un hombre que amó sin prudencia, pero demasiado bien; de un hombre que no se encelaba fácilmente, pero que, si le instigaban, perdía por completo el seso; de un hombre cuya mano, como la del indio vil, desechó mía perla más rica que toda su tribu; de un hombre de cuyos ojos subyugados, aunque no acostumbrados a la ternura, fluyen las lágrimas con igual abundancia que la goma medicinal de los árboles de Arabia.
Tomad nota de ello, y decid además que en Alepo una vez, porque un malvado turco con turbante golpeaba a un veneciano y calumniaba a la República, le agarré por el cuello, al perro incircunciso, y le traspasé con mi daga así» (se suicida). Esta dramatización de sí mismo pareció a T. S. Eliot, más que una expresión de magnanimidad, una expresión de flaqueza, propia de alguien que intenta sustraerse a un juicio moral escudándose en una actitud estética. Pero, quizá mejor que actitud estética, este suicidio sea el gesto desesperado de quien ve humillada en sí mismo la buena fe del hombre.
M. Praz

