Osiris

Hijo de la diosa-cielo Nût y del dios-tierra Gêbeb, hermano y marido de Isis (v.), hermano de Nebthô y de Sêth y padre de Horus (v.). Fue uno de los componentes de la Enneada heliopolitana formando pareja con Isis.

Su primitivo as­pecto debió ser el de dios-sol, especial­mente venerado en el Alto Egipto: el alba era el «nacimiento» o la «resurrección» del dios, y el ocaso su «muerte». Alrededor de esta muerte se perpetuaron por milenios, con distintos embellecimientos y variantes, algunas versiones del mito de Osiris, a las cuales debe añadirse la que en tiempos ya relativamente modernos fue recogida por el escritor griego Plutarco (48-120) en su obra sobre Isis y Osiris.Según la más antigua de las referidas versiones, Osiris fue muerto por Sêth, en un lugar llamado «las dos gacelas» o «lugar del abatimien­to»; en algunas variantes perece ahogado, accidental o intencionadamente.

El dios- tierra Gêbeb, según una versión, o bien —como se prefirió relatar después — las diosas Isis y Nebthô, salieron en busca del cadáver de su respectivo marido y her­mano. Luego que lo hubieron encontrado, profirieron las Lamentaciones que han lle­gado hasta nosotros en un conocido papiro del Museo de Berlín. Gracias a Isis, el dios recobró la vida. Su hijo póstumo Horus le vengó, y Sêth fue sometido a juicio en el Castillo del Funcionario, en Heliópolis. Un texto conservado en el papiro Chester Beatty, Historia de Horus y de Sêth, nos da una amplia referencia de este mítico proceso, que duró ochenta años.

Osiris es representado con el atributo distintivo de la corona real blanca o del Alto Egipto, y otras veces con la corona, carac­terizada por dos plumas de avestruz y dos cuernos de carnero horizontales; lleva bar­ba postiza y sostiene entre las manos, a la altura del pecho, el látigo y los cetros que simbolizan la soberanía y el poder. Importantes aspectos de Osiris se hallan documentados por los Textos de las Pirá­mides (v.). El dios es el «trigo nuevo, que alimenta a los hombres», y también el «agua fresca y reciente» que nutre y fer­tiliza la tierra. El océano es su emanación y la tierra se identifica con él.

Más tarde Osiris se afirmó como soberano del mundo de ultratumba, y bajo esta nueva concep­ción acabó adquiriendo una posición pre­ponderante, que hubo de durar hasta los tiempos de la decadencia, según se refiere en varios textos religiosos, como por ejem­plo el Libro de los Muertos (v.), y litera­rios, como las Aventuras de Setón Haemwóis (v.). En las páginas del Tratado de Isis y Osiris, de Plutarco, la figura del dios y el mito osiriano se alejan de la elementalidad de un drama cósmico para asumir las formas y modos de un drama humano.

El autor griego insiste en subrayar la be­néfica actitud de Osiris con respecto a los hombres, convirtiendo así al dios en una sublimación del héroe civilizador, rey pri­mordial bienhechor y prototipo de los se­res vivientes, a quien se contrapone Sêth, dios por excelencia de la destrucción y negación del orden y de la ley. Ulterior­mente, los mitógrafos convirtieron a Osi­ris en divinidad griega o le asimilaron a algunos dioses griegos, tales como Dionisos, Apolo, Adonis u otros. E. Scamuzzi