Olimpia

Personaje del relato El hom­bre del saco de arena de E. T. A. Hoffmann (1776-1822). El estudiante Natanael, joven hipocondríaco, es víctima de las más extrañas sugestiones y alucinaciones; ello hace sufrir profundamente a su novia, Cla­ra, que es la más dulce y sensata de las muchachas.

Frecuentando las lecciones del famoso físico Spallanzani, Natanael tiene un día ocasión de vislumbrar junto a su maestro la más bella figura de mujer que imaginarse pueda: alta, esbelta y de ma­ravillosas formas. Luego se entera de que se llama Olimpia, y más tarde, desde su ventana, que precisamente se abre frente a la casa de Spallanzani, el estudiante pue­de volverla a ver, hasta el punto de que poco a poco se borra de su mente el re­cuerdo de Clara. Olimpia suele estar sen­tada con los brazos encima de la mesa y las manos juntas, y sus rasgos son real­mente perfectos; sólo los ojos parecen ex­trañamente fijos y sin vida.

Pero, mirán­dolos atentamente, Natanael los ve ani­marse, como iluminados al reflejo de los rayos de la luna, llenos de un magnético hechizo. A partir de entonces, el estu­diante sólo piensa en Olimpia. Una tarde tiene ocasión de volverla a ver en una fiesta en casa de su maestro; al empezar el concierto, Olimpia está sentada al piano y canta una romanza con voz clara, casi me­tálica, semejante a la de una armónica. Todo el mundo está embelesado. Más tarde, a la hora en que empieza el baile, Natanael toma de la mano a la joven — una mano fría como el mármol—, pero al mirarla de hito en hito a los ojos le parece leer en ellos una dulce expresión alentadora, llena de amor y de deseo.

Animado por ésta, le declara su afecto, pero sus elocuentes pala­bras sólo obtienen por respuesta guturales monosílabos. Finalmente la besa en los la­bios, que halla helados como la muerte, mientras Olimpia le estrecha con tanta pa­sión, que incluso aquéllos parecen perder su frialdad. Y así empieza un suavísimo idilio. Pero un día, mientras Natanael sube las escaleras de la casa del profesor para su acostumbrada visita, oye de pronto un singular ruido; se precipita a la estancia y ve a Spallanzani y a Coppelio que dispu­tan encarnizadamente por la posesión de una mujer, hasta que el segundo logra cargar con el cuerpo de ésta y huir, con siniestra sonrisa, mientras Spallanzani grita al estudiante: « ¡Corre, no lo dejes escapar! ¡El muy infame me ha robado a Olimpia, la más bella de mis autómatas! ¡Veinte años de trabajo; toda mi vida!»

R. Bottacchiari