Odette de Crécy

De origen oscuro, modesta actriz en su primera juventud, entregada luego a amores libres, ulterior­mente esposa de Swann (v.) y en segundas nupcias marquesa de Forcheville, he aquí, en síntesis, el itinerario de la existencia de este personaje de En busca del tiempo per­dido (v.), de Marcel Proust (1871-1922): una de las mujeres más elegantes y más representativas del París de la Tercera Re­pública.

Su gloria y su esplendor dismi­nuyen hasta cesar, a fines de siglo, luego de haber alcanzado todo cuanto una mujer astuta, venal, quizá no bella y sin duda no inteligente, podía soñar. De ella se ha­bía enamorado el delicado Charles Swann, y Odette supo encandilarle tan bien, adu­larle tan hábilmente, mentirle con tal des­caro y dominarle tan irresistiblemente, que él terminó haciéndola su esposa. Parecida en sus rasgos fundamentales a las tenaces mujeres de Dumas hijo en su «Demi-monde» (v.), añade a aquéllos, en parte por asi­milación y en parte por tendencia, inso­portables afectaciones esteticistas. Su in­confesable pasado no le impide ser una excelente esposa y una buena madre. Edu­cada en la gran escuela «salonística» de la señora Verdurin (v.), sabe mantenerse en su sitio con elegante desenvoltura: «Ahora no recibía tan a menudo a sus íntimos en trajes de casa japoneses, sino más bien envuelta en sedas claras y espumeantes de peinadores Watteau, cuyas floridas blondas acariciaba constantemente sobre sus se­nos…».

El esteticismo ha corroído hasta tal punto sus costumbres, su lenguaje y sus actitudes, que se atreve a decir que pre­feriría ver quemar a «multitudes» de per­sonas conocidas, antes que a la Gioconda, de Leonardo; su aristocrática estupidez lle­ga a ser digna de un Molière y nos hace reír como la de una «preciosa». Las señoras que la admiran han olvidado o ignoran sus días lejanos. Junto a su sillón hay «una inmensa copa de cristal enteramente llena de violetas de Parma o de margaritas des­hojadas en el agua»; cuando sus manos se apoyan en el piano, salen «de las man­gas rosadas, a veces blancas, otras de los colores más vivos de su bata de crespón de China», y sus dedos se posan sobre el piano «con aquella misma melancolía que llenaba sus ojos pero no su corazón».

El gran triun­fo de su elegancia se celebra en el Bois de Boulogne, en sus paseos matutinos a pie o en coche: sus cabellos son todavía ru­bios «con un solo mechón gris, y los ciñe una estrecha cinta de flores, generalmente violetas, de la que caen largos velos». So­bre sus labios vaga siempre una «ambigua sonrisa» en la que el narrador sólo ve «…la benevolencia de una soberana», pero en la que hay sobre todo el reto de la «co­cotte» — reto no por su dulce apariencia menos real — a los hombres que al salu­darla le recordaban su remoto pasado. Can­sada, vieja, pero todavía sonriente, aparece en el «tiempo vuelto a encontrar», último canto de aquella larga aventura de hom­bres y de cosas; pero su sonrisa y su voz «inútilmente cálida, con un leve matiz de acento inglés», dan lástima.

Sus ojos, si bien se miran, parecen ahora «contemplar desde una ribera lejana», su voz es «…tris­te, casi suplicante, como la de los muertos en la Odisea». Aquella señora que fue la intérprete de un París finisecular, en que los lujosos carruajes llevaban a las bellas damas por las avenidas del Bois, ahora no es más que una «rosa esterilizada».

G. Falco