Octavio César

Pierre Corneille (1606-1684) en su Cinna (v.) hizo de Augusto el emperador inquieto y abrumado por los odios que su bondad y los grandes beneficios que prodigó a Roma no lograron disipar.

Sinceramente an­sioso de abandonar el poder, lo haría si otros no le persuadiesen y aun él mismo no se convenciera de que el deber no se lo permite. No castigando una conspiración tramada por amigos a quienes había gene­rosamente favorecido, acierta con el más alto y arduo medio de vencerles. Pero an­tes ha tenido que vencerse a sí mismo y sus resentimientos, equiparando su domi­nio sobre su alma a su dominio sobre el mundo: «Je suis maître de moi comme de l’univers; / Je le suis, je veux l’être» [«Soy dueño de mí, como del universo; / lo soy y quiero serlo»]. Así viene a cons­tituir el más límpido ejemplo de aquella voluntad heroica a que Corneille tendía, hecha de justicia, de profundo respeto a los valores morales y cívicos constituidos y de renuncia al individuo en aras del triun­fo de la idea.

Más que romana, ésta es una voluntad francesa en la época del absolutismo católico y, en su majestad no exenta de retórica, cabe ver, más que un auténtico heroísmo, cierto envaramiento, como una atónita aceptación de las gran­des tradiciones morales sin las cuales el alma vacilaría. En el fondo, Augusto se halla mucho más cerca de lo que parece del indeciso Cinna (v.), al cual se opone; pero mientras éste se deja agotar por la embriaguez de los contrastes entre su alma y las situaciones, Augusto sobrepone a ellos, con fría y decidida magnificencia, el sentido de sus altos deberes: sin darse cuenta, se enfrentan lo romántico y lo barroco.

U. Dèttore