Personaje de la novela epistolar de su nombre (v.) de Étienne de Sénancour (1770-1846), hermano espiritual, aunque menor, del Renato (v.) de Chateaubriand.
Si éste intentaba evadirse en la romántica contemplación de la naturaleza, para volver en seguida a sentir más agudamente la tortura de su soledad, Obermann sigue un movimiento interior opuesto: mientras el primero tiende a extraverterse en las cosas, él se encierra en sí mismo como en un capullo, hilando allí sin descanso el tema de su egoísmo y de su aislamiento. «La vida real del hombre — es su máxima — está en sí mismo, y lo que recibe del exterior sólo es accidental y subordinado». En ese culto del yo, distinto del que más tarde Barres celebrará fastuosamente y en cierto modo codificará, Obermann experimenta los sentimientos que le son connaturales: la necesidad de sufrir, la vanidad de vivir, la congoja frente a los problemas metafísicos y una perenne inquietud. Analizar sin tregua estos sentimientos parece ser su único objetivo.
Y como no se oculta nada de su propia intimidad, con una afición al análisis, no ya «in vitro», como entre los moralistas del siglo XVII, sino lanzándose en él a fondo, su confesión resulta de una patética sinceridad, su vida entera pende de un angustioso interrogante: «Me parece que la inteligencia busca un resultado; quisiera saber cuál es el de mi vida». Obermann no sabe qué contestar, y en esta imposibilidad reside su pobre drama de solitario egoísta.
Si Renato representa, como se dijo, una cresta en la onda de las pasiones, la aventura interior de Obermann, nacido el mismo año que su hermano espiritual, pero «sentido» más tarde por los lectores románticos, al no ser combatido como el otro por los vientos y las tempestades, se dibuja, en la historia del alma romántica, con la casi imperceptible ondulación de una tormenta en un vaso de agua.
G. T. Rosa

