Nicia

[Messer Nicia]. Es el inmóvil y bendito antagonista de La mandrágora (v.) de Maquiavelo (1469-1527). Y del mismo modo que en la comedia los personajes activos — Ligurio, Frate Timoteo y Calli­maco— se agitan en torno a Madonna Lu­crezia, ora serenamente erguida, ora di­simulada y aun celosamente oculta, no ocu­rre nada que no tenga un sentido, una voz o una intención nueva en el contra­punto del referido antagonista.

El anciano Messer Nicia, doctor en leyes y esposo de Madonna Lucrezia, debe sus rasgos y su historia de personaje cómico a un tipo tradicional, enriquecido con recuerdos pró­ximos y remotos: los de la antigua come­dia latina que el humanismo había hecho accesible a los más, y los de la tradición novelística florentina. Es, pues, el anciano un poco alocado, encerrado en sus fanta­sías y en la soberbia y absurda inmovili­dad resultante de creerse infalible: cosa no nueva, ciertamente, si se formula de un modo tan genérico, aunque sí sea nue­va, y no poco, la humorística acidez con que el autor le retrata, unas veces hacién­dole blanco de un sinfín de bufonadas, y otras observándole con una atención que nunca deja de ser interesada, profunda y aun asombrada.

Messer Nicia es exacta­mente la antítesis de Messer Niccolò, esto es, de Maquiavelo: confiado en sus propios sueños, contento de lo que quisiera tener y convertido casi en un niño crédulo por obra de su marchita vejez. La Naturaleza, para Maquiavelo, tiene unas leyes exactas, entre las cuales una de las primeras es la de que los hijos no nacen por milagro; pero Nicia, que sólo se lamenta de una cosa, precisamente de no tener hijos de su joven mujer, presta en seguida crédito a las virtudes mágicas de un brebaje de que le habla Ligurio, así como en el mis­terioso poder de la mandrágora, que pre­side la generación.

Por ello pasa sonrien­te y feliz entre las burlas, reflejándolas serenamente, sin turbarse por el veneno que en ellas se oculta. Y lo que debía ocurrir, en la mentalidad maliciosa y bur­lona de una fácil sabiduría mundana, ocu­rre: Lucrezia, la esposa, cede a los amorosos deseos de Callimaco y a su amor exótico y Nicia chochea de placer ante la idea de llegar a ser padre. La energía del arte y la espontánea verdad de la creación poé­tica hacen inolvidable a ese personaje, a pesar de que, al separarse de la tradición de la comedia italiana, perdió buena parte de su primitiva fuerza. Pero, aun sin que­rerlo el autor, revela los límites de su pensamiento, por cuanto Nicia obedece en todo a impulsos elementales: es, pues, un carácter que se encierra en su propia igno­rancia feliz, esa ignorancia que hace per­der a los hombres la dignidad última de la libertad y de la razón.

El autor dramático roza con lo trágico al concentrarse en una realización cómica de ese personaje; pero, como siempre ocurre con los grandes dra­maturgos, el límite impuesto al personaje cómico para ser tal, es también el límite y la condenación de la existencia humana. La necedad de Nicia es a ratos divertida­mente aguda: no se diría sino que la única felicidad concedida a los hombres es la de ser felices a fuerza de insensatez: elogio de la locura.

Transportado al terreno del pensamiento «político» de Maquiavelo, o al conjunto de sentimientos que sirve de substrato a aquel mínimo de sistema teó­rico a que puede llegar, el apólogo de Nicia revela los límites de aquella inteligencia práctica del mundo que al final sólo puede ser una hipótesis cómica; y era asimismo el límite y la conclusión en que se ence­rraba, para mejor mantenerse presuntuosa y bienaventurada, la mentalidad practicista de los italianos en los siglos de su cir­cunspecta vida a lo largo de la decadencia de sus ciudades.

M. Apollano