Nicodemo

El fariseo Nicodemo, que sólo aparece en el Evangelio de San Juan (v.), lo mismo que José de Arimatea (v.) y otros, es un discípulo ocul­to de Jesús.

Pero, mientras su colega del Sanedrín es el discípulo de las horas su­premas del Maestro, él lo es sobre todo de las iniciales. Espíritu noblemente atormen­tado por el afán de verdad y el ansia de restauración espiritual y material de su pueblo, Nicodemo vivió siempre anheloso de captar aun los más leves presagios del gran acontecimiento. Por ello apenas oyó hablar del rasgo audaz de un joven «rabí» provinciano que resueltamente había ex­pulsado del Templo a los vendedores y banqueros que solían ejercer allí, ruidosa y sacrílegamente, sus tráficos profanos, decidió encontrarle a toda costa, aunque en secreto, por cuanto su dignidad y su auto­ridad no le permitían comprometerse en modo alguno.

Así fue como Jesús le aco­gió en una noche de encantado silencio y de pureza. Las primeras frases de su diá­logo, sin embargo, están cuajadas de ligera pero cáustica ironía: el viejo rabino no quería mostrarse demasiado condescendien­te con su joven colega galileo a quien honraba con su visita. Pero no tardó en abandonar sus inútiles y torpes ardides, dejando que el sublime monólogo de su interlocutor desarrollara sus espirales cada vez más altas en aquella atmósfera enra­recida de la verdad que él conocía enton­ces por primera vez y en forma tan ines­perada. Por otra parte, sus primeros en­cubiertos sarcasmos no obedecían única­mente a un orgullo natural, sino más bien a un fermento racionalista, áspero y tor­turador, que se había adueñado de él a través de sus contactos y relaciones con la alta sociedad que le rodeaba.

Pero tam­bién esas mallas se disolvieron súbitamente y Nicodemo pudo gozar sin trabas de la verdad. Jesús le hablaba de Aquel que sabe los secretos celestes porque ha bajado del cielo, y él sintió entonces, en aquella noche inocente y pura, cómo el cielo pe­saba sobre la tierra con toda su opulenta y generosa riqueza y cómo la tierra se elevaba hacia Aquél con toda la embriaguez de su ilimitado deseo. Y esa embriaguez llena de aromas de flores y de árboles me­cidos por la brisa nocturna de los jardines que llegaba hasta ellos, era en verdad como el viento del Espíritu que sopla donde quiere llevando sobre sus alas el polen divino de sus dones. En todo el Evangelio no hay ningún otro discurso de Jesucristo ni ningún otro diálogo con Él en que tanto abunden las deslumbradoras revelaciones.

Por ello mismo, una sombra de misterio pesa sobre las ulteriores relaciones de Nicodemo y Jesús. Sin duda el árido racio­nalismo, una vez dispersados los efluvios de aquella noche sobrehumana, se rebeló contra los confiados misterios e intentó arrastrarle hacia un frío agnosticismo, me­nos consolador pero más satisfactorio para su orgullo. ¿Y cabe acaso asombrarse de que se hubiera sentido cegado por aquel violento chorro de luz y que luego reaccio­nara contra él? Lo que cuenta es lo que hizo el día terrible en que vio a Jesús crucificado: entonces se acordó de su pro­fecía («como Moisés elevó en el desierto la serpiente, también es necesario que sea elevado el Hijo del Hombre a fin de que quien crea en Él no perezca, sino que goce de la vida eterna»), y se le vio subir jadeante al Calvario, con cien libras de aromas para embalsamar y perfumar el ca­dáver de su Salvador.

C. Falconi