Natán

[Nāthān]. Además de los die­ciséis profetas bíblicos que nos han legado otros tantos libros, hubo en Israel otros muchos que sólo profetizaron de palabra; hombres ocultos por su propia santidad, que por un momento salieron de los bos­ques para anunciar el mensaje de Dios y luego, como los ángeles, desaparecieron.

Entre ellos está Natán, hombre de Dios, o mejor, boca de Dios: en dos capítulos del segundo de los Libros de Daniel (v. Reyes) le oímos dialogar, por un lado con David (v.) y por el otro con Dios. Y eso es todo. Natán es, pues, un profeta que surgió ex­clusivamente para David; un profeta pri­vado, regio; es la voz sensible e inspirada que mueve la conciencia del rey. En el diálogo, el pueblo no existe.

Promete al rey un hijo pacífico; pero con otro rostro lo destroza, en la parábola del rico que da muerte al único cordero que el pobre cria­ba en su seno como si fuera su hijo: «Tú eres aquel hombre; tú has dado muerte con tu espada a Urías el hetita, y has tomado por mujer a su mujer». «Y David dijo a Natán: He pecado contra el Señor». En este final, Natán difiere de San Juan Bautista (v.): del adulterio de David sur­ge el Miserere («Salmo de David, cuando se le presentó el profeta Natán, luego que hubo pecado con Betsabé»), y en el divino salmo el arrepentimiento se expresa con pensamientos eternos que llegan hasta el perdón.

Del adulterio de Herodes (v.), en cambio, surge un nuevo pecado: la muer­te del Bautista. El último sucesor de David no puede arrepentirse, porque es demasia­do poderoso su demonio cuando ya el Me­sías toca la cruz. Y el profeta real debe morir. «Natán se volvió a su casa» a la sombra de los símbolos; pero Juan reavivó éstos con su sangre. Sobre el umbral de la Iglesia el camino de Natán ha terminado: ya no hay reyes ni profetas, ni hay Na­tán, Elias (v.) o Juan, puesto que todo se ha cumplido.

P. De Benedetti