Héroe del poema caballeresco de su mismo nombre (v.) de Luigi Pulci (1432-1484), al que encuentra Orlando (v. Roldán) cuando con otros gigantes estaba asediando una abadía.
Convertido a la fe cristiana por aquél, pasa a ser su escudero; y con un caballo, una vieja armadura y un badajo de campana, parte con él hacia Paganía en busca de aventuras. Después de haber llevado a término sus primeras hazañas en lucha con el Diablo y contra guerreros y sarracenos, se presenta en París, conduciendo, juntamente con la bella Meridiana, hija de Caradoro, un ejército que acude en auxilio del rey Carlos (v. Carlomagno), y hace gran matanza de enemigos, se desafía con el gigante Vegurto, a quien da muerte, y poco más tarde topa con Margutte, a quien convierte en compañero y escudero suyo.
Su fuerza no conoce obstáculos: mata leones, elefantes y cocodrilos; pero, benigno para con los débiles, liberta a Florinetta de las cadenas en que se halla presa y la devuelve a su padre; va luego en busca de Orlando, a quien encuentra en Bambillona, y, tomada esta ciudad, embarca con él. Apenas acaba de dar muerte a una ballena cuando, al poner los pies en el agua, un diminuto cangrejo le muerde, y el gigante muere en medio de las lágrimas de Orlando y de Rinaldo (v.). «Glotón, fanfarrón, ignorante y poco despierto, pero bueno, fiel y valeroso», como le define De Sanctis, Morgante es el tipo de un héroe forzudo y generoso según lo puede concebir la plebe.
Y como su fidelidad es ciega y obtusa, su violencia carece de razón y de freno y es más bien una fuerza de la naturaleza, puesta al servicio de una finalidad que la trasciende y que en cierto modo la redime de su propia brutalidad. Pulci hizo de Morgante un personaje vivo, lleno de color, pero totalmente externo; y al dar a su estrepitosa aventura una conclusión burlesca haciéndole morir, a él que jamás fue vencido, de un mordisco de cangrejo, lo envolvió, en cierto modo, en una aureola de sonriente malicia. Morgante es, indudablemente, después de Margutte, el más vivo personaje del poema y el que mejor nos da la medida de la inspiración vivaz, risueña y a veces amarga del poeta de la corte de los Médicis.
G. T. Rosa

