Protagonista de la obra de su nombre, última de las siete novelas del gran escritor católico Georges Bernanos (1888-1948).
Publicado en Río de Janeiro en 1943 y en Francia en 1946, este libro, que tiene la apariencia de una novela policíaca sin solución, «es uno de los más bellos y más extraños que el autor compuso. Lo oscuro y lo enigmático están diseñados con incomparable habilidad» (G. Picón). Pero el protagonista, Monsieur Ouine, sólo aparece a la luz en algunos momentos decisivos. Acogido en la familia mal avenida de un noble propietario provinciano extraviado por la pasión, con una esposa, Madame de Nerei’s, apodada «Jambe de Laine» (Pierna de Lana), «obsesionada» en el significado más dostoievskiano de la palabra, el señor Ouine tiene el aspecto de un viejo profesor de lenguas modernas.
Ese «hombre poco común, desdichadamente minado por la tuberculosis», goza de la «consideración de la gente de orden». Se dice «que da la impresión de poseer un raro poder, una incalculable fuerza psíquica». Monsieur Ouine no abandona jamás la noble morada en ruinas perdida en las campiñas del Artois, donde habita con sus protectores, o mejor dicho con sus criaturas. En realidad, ha echado un maleficio al desdichado Anthelme de Nerei’s, el cual agoniza, alcoholizado y medio loco, y se ha apoderado también del alma de la esposa de aquél, Ginette. Alrededor de Monsieur Ouine los acontecimientos se precipitan: un muchacho, Steeny, abandona a su madre y se refugia en el castillo de los Nerei’s.
Un pastorcillo que guardaba un rebaño de vacas es encontrado asesinado. Una pareja, injustamente acusada del homicidio, se quita la vida. La castellana, que recorre el país en coche a gran velocidad, intenta dar muerte a Steeny. El señor Anthelme muere. El alcalde de la aldea, obsesionado por la idea del pecado, que para él se materializa en una excrecencia que tiene en la nariz, se vuelve loco. En el funeral del pastoreillo, Madame de Nerei’s, que indudablemente tiene «la vocación del mal», es linchada por los campesinos. En aquella parroquia «devorada por el tedio» esos atroces e inexplicables acontecimientos parecen girar alrededor del inmóvil perfil de Monsieur Ouine, de quien sólo de vez en cuando oímos la voz, «dotada de prodigiosa autoridad», que rompe el silencio de la modesta estancia «tapizada de un color de rosa un poco apagado pero limpio», donde pasa sus días.
Monsieur Ouine dice al cura de Fenouille: «Aquí, sólo usted y yo nos interesamos por las almas… En realidad, por mi carácter y por mi estado, estaría mejor decir: por la verdad de los seres y por sus fugitivos secretos». En realidad, Monsieur Ouine es la encarnación del Mal. Su genio «es el frío. En este frío el alma reposa…». Rechazando todas las trabas, «no era — dice él mismo — más que aspiración, absorción, orificio… Valoraba concienzudamente mi goce y mi provecho… deseaba, me hinchaba de deseo». Esa «alma vacía» (Emmanuel Mounier), devorada por su propia hambre, sólo encuentra el vacío y el horror: «He gozado de mi hambre y ahora mi hambre goza de mí». ¿Habrá sido Monsieur Ouine quien dio muerte al vaquerito y sedujo a Steeny? Quizá sí, pero lo peor es que «ni siquiera el delito le compromete» (G. Picón).
En el momento de la muerte piensa que para salvarse le bastaría haber cometido un solo acto que le perteneciera y llevara su huella, pero no se ha «incorporado ninguna sustancia, ni el bien ni el mal; su alma no es más que un odre lleno de viento» y tiene razón en confesar: «Necesito absolutamente un secreto… aunque fuera más repugnante y más odioso que todos los diablos del infierno. Sí, aunque sólo tuviera el volumen de un granito de plomo, me agarraría a él y recobraría peso y consistencia». Pero ese voto, Monsieur Ouine sólo lo formula «con una convicción gélida»; en el fondo no desea ni siquiera su salvación; es la demostración de la frase del cura de Fenouille: «Siempre se habla del fuego del infierno, pero nadie lo ha visto, amigos míos. El Infierno es el frío».
A través de este personaje, que representa la más actual encarnación de Satanás, se define uno de los insistentes motivos de la obra de Bemanos: el Mal es necesario, el Hombre está continuamente experimentando su atracción. «Cada uno de nosotros — dice un sacerdote en otra novela de Bernanos, Bajo el sol de Satán (v.) — es de vez en cuando y en cierto modo un criminal o un santo, ora llevado al bien, no por una sensata valoración de sus ventajas, sino claramente y de un modo singular por un impulso de todo su ser y por una efusión de amor que hace del sufrimiento y de la renuncia el objeto mismo del deseo; ora, por el contrario, es atormentado por el placer misterioso del envilecimiento, del goce que deja sabor a ceniza, del vértigo de la animalidad y de su incomprensible nostalgia».
Añadamos que a los ojos de Bernanos, Monsieur Ouine representa el símbolo del hombre moderno, entregado a sus deseos, y es hasta cierto punto una réplica del Gide de Los alimentos terrestres (v.), de un modo parecido a como Antoine de Saint- Marin es en Bajo el sol de Satán (v.) la caricatura de Anatole France.
R. Tavernier

