El «señor Monipodio» es uno de los personajes principales de una de las más famosas Novelas Ejemplares (v.) de Cervantes (1547-1616), Rinconete y Cortadillo (v.).
La descripción caricaturesca de las costumbres de los merodeadores de toda laya, bandoleros, jácaros, truhanes o bribones, es uno de los temas predilectos de la novelística española, y Cervantes tuvo ocasión de estudiar el proceder y ceremonial de tales personajes durante su estancia en Sevilla, puerto principal del tráfico con Ultramar a la vez que capital de todos los cortabolsas y estafadores. El señor Monipodio, jefe de una floreciente organización de maleantes, es una muestra de aquella gravedad jurídica característica de los españoles del Siglo de Oro, y quizá de todos los siglos.
El robo y la estafa son ejercidos por él según un código y un ceremonial rigurosísimos. Monipodio es juez, árbitro y capitán de todos, respetado no sólo por la fuerza de que dispone, sino por su elocuencia, esmaltada por las más bellas flores de la retórica. Ejerce su ministerio haciendo observar al pie de la letra los estatutos de la sociedad y mostrándose hacia los transgresores tan inflexible como el más envarado presidente de Audiencia. Ante él comparecen dos aficionados, Rinconete y Cortadillo, que son sometidos al interrogatorio de rigor e inscritos luego en el registro profesional.
La meticulosidad de los estatutos de Monipodio llega hasta exigir a todos los ladrones y ladronzuelos una especie de solemne afiliación, y su policía organiza auténticas rondas encargadas de vigilar en la provincia de Sevilla a cuantos «ejercen» sin permiso de aquél e invitarles a «inscribirse ante el señor Monipodio, que es su padre, maestro y sostén, y a prestarle obediencia», con la advertencia de que «no se arriesguen a robar sin autorización porque podría costar les caro». Rinconete y Cortadillo son inscritos y destinados cada uno a una especie de hurto adecuado a sus aptitudes.
Por su parte, Monipodio ejerce un poder efectivo sobre toda la población que se halla al margen de la ley, ya se trate de ladrones de iglesias, de salteadores de caminos, de rufianes o de jugadores de ventaja. Trata de igual a igual con^ la policía y se encarga de distribuir según escrupulosas normas todo lo hurtado, devolviéndolo incluso a sus dueños si así lo considera conveniente. Así se demuestra cuando reclama una bolsa llena de ducados que por la mañana dos neófitos robaron a un sacristán y que devuelve honradamente a un corchete pariente de la víctima. Despiadado y meticuloso, a la vez leguleyo y sin escrúpulos, Monipodio es indudablemente una de las más originales figuras nacidas del genio cómico de Cervantes, tan afortunado en burlarse de las ficciones y de los disfraces más absurdos de la legalidad y de las normas sociales.
L. Giusso

